miércoles, 17 de junio de 2009

A TÍTULO PERSONAL: POR QUÉ ESCRIBEN LOS DODOS

POR: MARCIA TREJO

Hoy El Último de los Dodos cumple su primer año de vida. Cualquiera en su sano juicio podría preguntar para qué dedicarle tiempo a una actividad que no da dinero, que consume muchas horas y, además, se mantiene en una especie de limbo porque –bien a bien- pocas veces queda claro si les gusta o no a los lectores nuestro trabajo.

La respuesta es simple: porque no se puede evitar. Dicen el Dodo Sabio, y yo le creo, que escribir es como el destino: es algo que no planeaste, que te toma por sorpresa, se apodera de tu vida, no puedes huir de ello y, si tratas de hacerlo, lo único que logras es acercarte más.

El Dodo Científico, que de estas cosas sabe mucho, asegura que el mecanismo de la escritura es similar al de las adicciones: 1.- El acercamiento del sujeto se da por casualidad o presiones externas. 2.- El primer consumo produce reacciones ambiguas, una combinación entre placer y “¿esto era todo?”. 3.- La necesidad se va estableciendo en el individuo, llevándolo a repetir la experiencia. 4.- El “enganche” que es el establecimiento fijo de la adicción. 5.- Y el incremento del nivel de tolerancia, es decir, el aumento progresivo de la dosis para lograr los efectos y evitar el síndrome de abstinencia, este último caracterizado por una sensación de estar incompleto.

Tras proferir una trompetilla que mostraba su desacuerdo (trompetilla bastante extraña porque no es fácil hacerla si se tiene pico), el Dodo Subversivo afirmó que se escribe porque las palabras son el instrumento de trabajo de los soñadores, de los que –en lugar de balas y discursos vacíos- prefieren ponerse a hacer la tarea que les corresponde para cambiar al mundo.

El Dodo Poeta me miró con sus ojos llenos de luna y dijo que la escritura es la forma en que los Dodos dan mantenimiento al corazón porque permite salir lo que estorba o hace daño, pero también abre las puertas para los pensamientos (porque también se piensa con el corazón) que están destinados a otras personas, a otras almas.

El Último de los Dodos se mostró de acuerdo con las opiniones emitidas y contó una vieja leyenda de la especie. Hace mucho, muchísimo tiempo atrás, los Dodos no sabían escribir y todo su conocimiento pasaba de pico en pico. En aquellos anteayeres, no era extraño que algún Dodo cayera presa de lo que actualmente se llama “el mal de la no escritura”, el Dodo en cuestión mostraba inquietud creciente, intentaba hablar, pero las palabras se le atoraban en la garganta y, por más que tosiera, no salían. El estado se iba agudizando y sólo se detenía si el Dodo lograba “echar fuera” lo que tenía atragantado. Desafortunadamente muchos Dodos quedaban dañados en el proceso.

El Gran Dodo Universal, conmovido por ellos, les hizo un regalo. Esa noche, cuando ya todos los Dodos dormían, el Gran Dodo Universal tomó a la luna entre sus manos, la sacudió un poco como si fuera una campanita, y un polvo finito finito cayó como lluvia sobre ellos. Al día siguiente, los Dodos aquejados por el mal –sin saber bien a bien por qué- empezaron a hacer extraños signos. Paredes, rocas o caras Dodo fueron cubiertos por ellos y, lo más curioso, era que los otros Dodos (que nunca los habían visto) no tenían problema alguno para comprenderlos. Las aves sorprendidas festejaron el hecho y, más tarde, notaron que desde que esos trazos aparecieron en su vida ningún Dodo más volvió a sufrir el “mal de la no escritura”. Cabe añadir que, también desde entonces, los Dodos sienten una debilidad especial por la luna a la cual le hablan y, de alguna manera, saben que ella les responde.

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