POR.- RAÚL GÓMEZ MIGUEL
El tres de julio de 1971, James Douglas Morrison, cantante, letrista y líder del grupo de rock “The Doors”, murió dentro de una bañera en París, Francia, a la edad de 27 años.
El afamado “rey lagarto”, es una de las personalidades emblemáticas en la historia del rock and roll universal.
Aunque sin alcanzar las cimas poéticas de Bob Dylan o la oscuridad perversa de Lou Reed, en “The Velvet Underground”, la obra de Jim transita entre las metáforas ácidas, la rebeldía convencional y los clichés progresistas de una época contestaria.
Anclado en la zona negra de la conciencia humana, Morrison personaliza las ideas filosóficas y estéticas de Aldous Huxley y William Blake.
Pionero indiscutible del “performance” melodramático, el cantante de “Las puertas” cimentó la celebridad en el exceso vicioso y el culto a la autodestrucción.
Producto coyuntural de la década prodigiosa, Jim, al igual que Janis Joplin o Jimi Hendrix, sustentan el éxito mercadológico de la rebeldía juvenil.
La evolución histriónica de Morrison es asombrosa, si partimos de un remedo de cantante que no puede mirar de frente al público, hasta el torbellino devastador que incita a la masa a la encarar a la autoridad y hacerse del poder.
Asfixiado en los emblemáticos pantalones de cuero, la melena alborotada y el seudo trance hipnótico, Jim Morrison se funde en la imaginación popular, auspiciada por una campaña publicitaria que lo compara con Dioniso, la deidad griega de la sensualidad absoluta.
Detrás del mito Morrison, construido fervorosamente por Ray Manzarek, organista de la banda, encontramos una crítica inmadurez emocional, impotencias de todo tipo, abusos físicos y mentales, hasta caricaturas satánicas y alucinógenas.
Arrastrado en la decadencia inducida, Morrison trató de ser un “poeta maldito”, un decadente francés del siglo XIX, capturado en un espectáculo que ha dado de comer a varias generaciones.
En México, la religiosidad a Morrison no deja de ser barata, en especial por la habitual barrera de la lectura y la comprensión del idioma. Patrimonio de la clase media baja y popular, el “Jim” es un referente obligado para las capillas ardientes de los “Bitles”, los “Rolín” y el “Cridens”.
Amantes de la estampita, los fanes emplumados se ha creído toda la mitología del “Morrison” sin tener a bien sumergirse en el alma creativa del homenajeado.
Como plaza fuerte de la nostalgia, los sobrevivientes de “The Doors” han venido a México muchas veces con el éxito asegurado, pues, acá la devoción a los difuntos es neta.
En lo particular, la discografía tiene momentos excepcionales, sin embargo, asomado en otras fuentes, la propuesta de Morrison es limitada y, en el presente, gracias a Oliver Stone y Joel Schumacher, no sabemos si estamos ante el novio de Meg Ryan o el hijo del Conde Drácula.
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domingo, 3 de julio de 2011
sábado, 25 de junio de 2011
PINCHE Y PINCHE DISCOS: CLARENCE CLEMONS
POR.- RAÚL GÓMEZ MIGUEL
Cuenta la leyenda que Bruce Springsteen estaba tocando en el Student Prince, allá en la mítica Nueva Jersey. Afuera llovía a mares y soplaba un viento terrible, De pronto, para sorpresa de la concurrencia y los músicos, la puerta del lugar se abrió de par a par, mostrando la corpulencia de un hombre. En ese momento, el aire arrancó la puerta de las bisagras y se la llevó calle abajo. Sin inmutarse, el hombretón se acercó al escenario y preguntó ¿puedo tocar con ustedes?. Nadie dijo que no. Así, en ese entorno casi mágico, Clarence Clemons cumplió el llamado de su destino.
A lo largo de cuatro décadas, el saxofonista gigante logró, junto a la E Street Band y el talento portentoso de “The Boss”, llenar una página gloria de la historia del rock estadounidense.
Clemons, fallecido la madrugada del domingo 19 de junio de 2011, a los 69 años en Florida, tras sufrir un derrame cerebral, es una ausencia irreparable para el mundo, si es que aun existe, del rock honesto, festivo y entrañablemente salvaje.
De origen afroamericano, hijo de un predicador de Virginia y criado en el gospel, 'Big Man', el 'Hombretón', se unió a la E Street Band en 1972, después de decantarse por la música en detrimento del fútbol americano, y el proyecto tomó otro rumbo.
A su lado, Springsteen comenzó a construir un grupo de proporciones épicas, una banda de compinches capaz de dejar sin aliento al público con un sonido profundo y demoledor, en una era en que el espectáculo dictaba lo contrario.
En 1975 ya estaban listos para dar el salto a la fama con el tercer álbum de estudio de Springsteen, 'Born to run', que se convirtió en uno de los discos más célebres del siglo XX.
En su portada desplegable, el rockero de Nueva Jersey aparece apoyado en la espalda de 'Big Man", que toca el saxo y mira a la cámara. La imagen es toda una declaración de amistad.
Y es que Clarence Clemons representaba como nadie la relación de camaradería establecida entre Springsteen y los músicos con los que ha envejecido, a los que presentaba, uno por uno, en cada actuación. Siempre dejaba para el final al saxofonista, el más aclamado por los fans, al que llamaba "rey del mundo", "amo del universo", "secretario de la hermandad", "Mr Hollywood en persona", "El hombre más grande del mundo"...
"Amaba el saxofón, a nuestros fans y lo daba todo cada noche que pisaba el escenario", afirmaba el Boss al recordar a su "gran amigo" y "compañero" en un mensaje en su página web.
Aparte de su presencia y su carisma en el escenario, Clemons hizo grandes aportaciones a las canciones de Springsteen, especialmente en 'Born to run', un disco inspirado por el "muro de sonido" de Phil Spector, y donde brillaba en "Jungleland", "Night" o "Tenth Avenue Freeze-Out", cuya letra recuerda cuando el músico se unió al grupo.
Pero también en álbumes de sonido más crudo, como el 'Darkness on the Edge of Town', publicado tres años más tarde, el saxofonista dejó su sello imborrable en temas como 'The Promised Land'. Tampoco es posible imaginar otros clásicos del repertorio de Springsteen como 'Hungry Heart' y 'Sherry Darling' sin los solos de 'Big Man', que dotaron a la banda de Springsteen de su sonido característico.
Clemons participó en la grabación de una docena de álbumes de estudio de Springsteen -desde 'Born to run' hasta el más reciente, 'Working on a Dream' (2009)-; colaboró con músicos como Gary U.S. Bonds, publicó seis discos como solista; y participó en 'New York, New York', de Martin Scorsese, entre otras películas.
Acompañó a Springsteen en su última gira, que concluyó hace un año y medio, y en la que ya no estaba el teclista Danny Federici, fallecido en 2008. En aquellos conciertos pudo verse a un Clarence Clemons algo desmejorado, pero los seguidores de la E Street no pensaron que no volverían a verle sobre un escenario.
Springsteen y los suyos se detuvieron en Nueva Jersey, su casa, para tocar en directo sin público una versión íntegra de 'Darkness on the Edge of Town' destinada a acompañar el lanzamiento de la reedición especial del álbum.
Treinta y dos años después del laborioso proceso de grabación de aquel disco, 'Big Man' estaba allí, como siempre, a la derecha de Springsteen en el escenario, compartiendo con sus compañeros una vuelta de honor.
Es evidente que el tiempo no perdona, sin embargo, el legado de este músico está integrado a una obra imprescindible en un género que, aunque literalmente muerto, aun impulsa los corazones de los testarudos fanes que nacimos para correr.
Cuenta la leyenda que Bruce Springsteen estaba tocando en el Student Prince, allá en la mítica Nueva Jersey. Afuera llovía a mares y soplaba un viento terrible, De pronto, para sorpresa de la concurrencia y los músicos, la puerta del lugar se abrió de par a par, mostrando la corpulencia de un hombre. En ese momento, el aire arrancó la puerta de las bisagras y se la llevó calle abajo. Sin inmutarse, el hombretón se acercó al escenario y preguntó ¿puedo tocar con ustedes?. Nadie dijo que no. Así, en ese entorno casi mágico, Clarence Clemons cumplió el llamado de su destino.
A lo largo de cuatro décadas, el saxofonista gigante logró, junto a la E Street Band y el talento portentoso de “The Boss”, llenar una página gloria de la historia del rock estadounidense.
Clemons, fallecido la madrugada del domingo 19 de junio de 2011, a los 69 años en Florida, tras sufrir un derrame cerebral, es una ausencia irreparable para el mundo, si es que aun existe, del rock honesto, festivo y entrañablemente salvaje.
De origen afroamericano, hijo de un predicador de Virginia y criado en el gospel, 'Big Man', el 'Hombretón', se unió a la E Street Band en 1972, después de decantarse por la música en detrimento del fútbol americano, y el proyecto tomó otro rumbo.
A su lado, Springsteen comenzó a construir un grupo de proporciones épicas, una banda de compinches capaz de dejar sin aliento al público con un sonido profundo y demoledor, en una era en que el espectáculo dictaba lo contrario.
En 1975 ya estaban listos para dar el salto a la fama con el tercer álbum de estudio de Springsteen, 'Born to run', que se convirtió en uno de los discos más célebres del siglo XX.
En su portada desplegable, el rockero de Nueva Jersey aparece apoyado en la espalda de 'Big Man", que toca el saxo y mira a la cámara. La imagen es toda una declaración de amistad.
Y es que Clarence Clemons representaba como nadie la relación de camaradería establecida entre Springsteen y los músicos con los que ha envejecido, a los que presentaba, uno por uno, en cada actuación. Siempre dejaba para el final al saxofonista, el más aclamado por los fans, al que llamaba "rey del mundo", "amo del universo", "secretario de la hermandad", "Mr Hollywood en persona", "El hombre más grande del mundo"...
"Amaba el saxofón, a nuestros fans y lo daba todo cada noche que pisaba el escenario", afirmaba el Boss al recordar a su "gran amigo" y "compañero" en un mensaje en su página web.
Aparte de su presencia y su carisma en el escenario, Clemons hizo grandes aportaciones a las canciones de Springsteen, especialmente en 'Born to run', un disco inspirado por el "muro de sonido" de Phil Spector, y donde brillaba en "Jungleland", "Night" o "Tenth Avenue Freeze-Out", cuya letra recuerda cuando el músico se unió al grupo.
Pero también en álbumes de sonido más crudo, como el 'Darkness on the Edge of Town', publicado tres años más tarde, el saxofonista dejó su sello imborrable en temas como 'The Promised Land'. Tampoco es posible imaginar otros clásicos del repertorio de Springsteen como 'Hungry Heart' y 'Sherry Darling' sin los solos de 'Big Man', que dotaron a la banda de Springsteen de su sonido característico.
Clemons participó en la grabación de una docena de álbumes de estudio de Springsteen -desde 'Born to run' hasta el más reciente, 'Working on a Dream' (2009)-; colaboró con músicos como Gary U.S. Bonds, publicó seis discos como solista; y participó en 'New York, New York', de Martin Scorsese, entre otras películas.
Acompañó a Springsteen en su última gira, que concluyó hace un año y medio, y en la que ya no estaba el teclista Danny Federici, fallecido en 2008. En aquellos conciertos pudo verse a un Clarence Clemons algo desmejorado, pero los seguidores de la E Street no pensaron que no volverían a verle sobre un escenario.
Springsteen y los suyos se detuvieron en Nueva Jersey, su casa, para tocar en directo sin público una versión íntegra de 'Darkness on the Edge of Town' destinada a acompañar el lanzamiento de la reedición especial del álbum.
Treinta y dos años después del laborioso proceso de grabación de aquel disco, 'Big Man' estaba allí, como siempre, a la derecha de Springsteen en el escenario, compartiendo con sus compañeros una vuelta de honor.
Es evidente que el tiempo no perdona, sin embargo, el legado de este músico está integrado a una obra imprescindible en un género que, aunque literalmente muerto, aun impulsa los corazones de los testarudos fanes que nacimos para correr.
domingo, 29 de mayo de 2011
PINCHE Y PINCHE DISCOS: DYLAN Y LOS SETENTA AÑOS
POR.- RAÚL GÓMEZ MIGUEL
Uno empieza a tener problemas con la edad, cuando tus ídolos infantiles y juveniles comienzan a cumplir setenta años.
No es hermoso reconocerse en la ancianidad ajena y aceptar que el tiempo te va centrando al despegue final.
Sin embargo, cayendo en la retórica común, peor es no llegar a esas cifras de añeja respetabilidad, dependiendo de cómo se arribe.
El 24 de mayo de 1941, hace exactamente siete décadas, nació en Duluth, Minnesota, Robert Allen Zimmerman Stone, reconocido por el orbe como Bob Dylan, tótem de la cultura del rock y una de las personalidades contemporáneas en activo más influyentes.
Saltándome la vasta bibliografía sobre la vida y obra de este gran rock and trovero, sólo destacó que el mundo en el que crecí y vivo difícilmente sería igual sin las aportaciones creativas, musicales y poéticas de Dylan.
Más que ningún otro escritor, Bob Dylan dotó al Rock de la ideología conceptual necesaria para ser tomado en serio por cualquier disciplina cognoscitiva.
Dylan escribió en mucho, la biblia de la rebelión roquera, precisamente cuando los excesos de la juerga pusieron en peligro la trascendencia de la moda.
Soy admirador de Dylan, que no fan. No obstante, la peculiaridad de su trabajo se ha apropiado de mi gusto en más de una ocasión.
Es difícil resumir a Dylan en todas las áreas que competen a su inteligencia, por ende, remito a los lectores a las grabaciones, los libros, los documentales y las películas que al sumarse efectúan un boceto del último de los poetas universales vivos de habla inglesa.
El punto es que para entender a Bob Dylan hay que entrarle a Bob Dylan. No hay más. Ningún atajo lleva a la revelación.
En México, por la falta de educación y conocimiento real de los idiomas, Dylan se ha reducido a una estampita recurrente de aficionados a la nostalgia por “oirla chida” sin entender un carajo de lo que se está diciendo.
Como mantra mal captado, los connacionales prenden los cirios de las capillitas dedicadas a los Beatles, juntos o por separado, los Rolling Stones y la necrofilia sesentera, poniendo en un nicho circunstancial a Bob Dylan y las canciones que tienen que ver con la credulidad simple. Caso semejante a Leonard Cohen, Lou Reed o cualquier otro roquero que centre el metalenguaje en la letra y no tanto en el estribillo facilón.
Dylan es un roquero inteligente y acá en Nopatitlán, ese detalle reduce las posibilidades de la adicción comercial. En México, el verdadero Dylan es para iniciados.
Así que con pretexto de las alabanzas propias del cumpleaños número setenta, localmente aguantaremos la verborrea de una bola de pendejos que van a refritear la ultra sabida con un toque de burlesque. Allá ellos.
Yo invito a que cada cual busque la respuesta sobre los méritos de un hombre, que vino a reclamar en la rebelión de los sesentas una interpretación diferente y radical de cuanto somos.
Lo demás, melómanos de novena, es chaqueta.
Uno empieza a tener problemas con la edad, cuando tus ídolos infantiles y juveniles comienzan a cumplir setenta años.
No es hermoso reconocerse en la ancianidad ajena y aceptar que el tiempo te va centrando al despegue final.
Sin embargo, cayendo en la retórica común, peor es no llegar a esas cifras de añeja respetabilidad, dependiendo de cómo se arribe.
El 24 de mayo de 1941, hace exactamente siete décadas, nació en Duluth, Minnesota, Robert Allen Zimmerman Stone, reconocido por el orbe como Bob Dylan, tótem de la cultura del rock y una de las personalidades contemporáneas en activo más influyentes.
Saltándome la vasta bibliografía sobre la vida y obra de este gran rock and trovero, sólo destacó que el mundo en el que crecí y vivo difícilmente sería igual sin las aportaciones creativas, musicales y poéticas de Dylan.
Más que ningún otro escritor, Bob Dylan dotó al Rock de la ideología conceptual necesaria para ser tomado en serio por cualquier disciplina cognoscitiva.
Dylan escribió en mucho, la biblia de la rebelión roquera, precisamente cuando los excesos de la juerga pusieron en peligro la trascendencia de la moda.
Soy admirador de Dylan, que no fan. No obstante, la peculiaridad de su trabajo se ha apropiado de mi gusto en más de una ocasión.
Es difícil resumir a Dylan en todas las áreas que competen a su inteligencia, por ende, remito a los lectores a las grabaciones, los libros, los documentales y las películas que al sumarse efectúan un boceto del último de los poetas universales vivos de habla inglesa.
El punto es que para entender a Bob Dylan hay que entrarle a Bob Dylan. No hay más. Ningún atajo lleva a la revelación.
En México, por la falta de educación y conocimiento real de los idiomas, Dylan se ha reducido a una estampita recurrente de aficionados a la nostalgia por “oirla chida” sin entender un carajo de lo que se está diciendo.
Como mantra mal captado, los connacionales prenden los cirios de las capillitas dedicadas a los Beatles, juntos o por separado, los Rolling Stones y la necrofilia sesentera, poniendo en un nicho circunstancial a Bob Dylan y las canciones que tienen que ver con la credulidad simple. Caso semejante a Leonard Cohen, Lou Reed o cualquier otro roquero que centre el metalenguaje en la letra y no tanto en el estribillo facilón.
Dylan es un roquero inteligente y acá en Nopatitlán, ese detalle reduce las posibilidades de la adicción comercial. En México, el verdadero Dylan es para iniciados.
Así que con pretexto de las alabanzas propias del cumpleaños número setenta, localmente aguantaremos la verborrea de una bola de pendejos que van a refritear la ultra sabida con un toque de burlesque. Allá ellos.
Yo invito a que cada cual busque la respuesta sobre los méritos de un hombre, que vino a reclamar en la rebelión de los sesentas una interpretación diferente y radical de cuanto somos.
Lo demás, melómanos de novena, es chaqueta.
sábado, 9 de enero de 2010
PINCHE Y PINCHE DISCOS: LA DULCE LEVEDAD DE SER JUAN GABRIEL
Por.- EL DODO DJ
Alberto Aguilera Valadez, mundialmente conocido como “Juan Gabriel”, cumplió el siete de enero de 2010 sesenta años de vida y casi cuarenta de carrera como compositor e intérprete de sus propias canciones, tanto para el recuento personal como para satisfacer la demanda de material por otras voces.
Es considerado por el público y la crítica especializada de México como el cuarto compositor de música popular esencial del siglo XX, después de José Alfredo Jiménez, Agustín Lara y Armando Manzanero.
Hijo predilecto de Parácuaro, Michoacán, “Juanga” es el menor de diez hermanos y el nombre de Alberto le fue dado en honor a “Alberto Limonta”, célebre personaje de la radionovela “El derecho de nacer”.
Por el enloquecimiento de su padre, la madre Victoria Valadez se trasladó a Apatzingan, Morelia, y después a Ciudad Juárez, Chihuahua, tratando de dar una existencia digna a sus vástagos.
Con las típicas carencias de la miseria y los milagros pertinentes en cualquier leyenda, en 1971, Juan Gabriel grabó el primer éxito discográfico “No tengo dinero”, después de haberse ganado el sustento en formas variadas, incluidas las míticas presentaciones en vivo en el bar “El Noa Noa”.
Sin embargo, la primera canción que escribió en su vida la hizo a los trece años de edad y la titulo “La muerte del palomo”.
Por una falsa acusación de robo, Juan Gabriel estuvo preso en 1968.
El 27 de diciembre de 1974, doña Victoria Valadez falleció y fue enterrada en el panteón municipal de Parácuaro.
Al primer hit siguieron una cantidad impresionante de trabajos que suman ventas de cien millones de discos en el mundo, además de haber sido el primer compositor mexicano, tras una larga disputa legal con la editora y la disquera, de recuperar la propiedad intelectual total de un catálogo de más de 400 canciones que le siguen aportando respetables regalías.
Dotado de una sensibilidad a la medida de la idiosincrasia promedio del mexicano y rodeado por arreglistas hábiles, el repertorio de Juan Gabriel abarca la mayoría de los géneros tradicionales y contemporáneos sin perder la marca de la casa.
“El Divo de Juárez” ha roto todos los records que cualquier competidor haya podido tener antes que él.
Con dos presentaciones, 1990 y 1997, en el Palacio de las Bellas Artes de la Ciudad de México, Juan Gabriel es el primer cantante popular que haya sido acompañado por la Orquesta Sinfónica Nacional.
Reconocido por la elite de los músicos populares de Iberoamérica, Juan Gabriel es un grande por mérito propio.
No obstante, todavía su trascendencia guarda otras peculiaridades. Dueños de una voz y un estilo interpretativo afectado, melodramático y cursi, “Juanga” es la versión local del español “Raphael” o de todos los cantantes “histriónicos” que se imagine.
Genuino “showman” Juan Gabriel canta, grita, llora, baila, suda la gota gorda y se entrega a los fanes que corean las canciones que literalmente TODO México se sabe.
La inclinación sexual del “artista” ha dado fuerza a las teorías variopintas que lejos de afectarlo, le engrandecen porque en la ambigüedad de su preferencia, sabe que los fieles le perdonan todo, incluso, que hoy luzca una figurita físico estilo Pumba. El jabalí animado de la película “El rey león”.
Con un vocabulario limitado y una versificación elemental, “El Divo de Juárez” contribuyó a la banda sonora de las generaciones de mexicanos posteriores al 68 y es un punto de imitación para el resto de tonadilleros. “JG” es un frijol de a libra que resume en la música y la letra la concepción rupestre de la realidad que posee el México amargo. Baste contemplar las cinco películas que estelarizó en las cuales plasma por adelantado una especie de memorias a la mar de ejemplares para las masas abandonadas.
Adorado por mujeres y hombres de todas las edades y obsesiones, Juan Gabriel es el maestro de “Amor eterno” y los duetos desgarrados con la ibérica Rocío Durcal, pasando por el rock and roll del larga duración “Recuerdos” o los mix discotequeros rigurosos de los “Grandes Éxitos”.
Aunque se niegue, Juan Gabriel está “Siempre en mi mente” o dándole los “Buenos Días, Señor Sol”, pues uno es “Insensible” a heridas de amor.
Defínalo como le guste, pero “Juanga” es uno de esos pocos compatriotas inolvidable, a los sesenta o a los cien años.
Alberto Aguilera Valadez, mundialmente conocido como “Juan Gabriel”, cumplió el siete de enero de 2010 sesenta años de vida y casi cuarenta de carrera como compositor e intérprete de sus propias canciones, tanto para el recuento personal como para satisfacer la demanda de material por otras voces.
Es considerado por el público y la crítica especializada de México como el cuarto compositor de música popular esencial del siglo XX, después de José Alfredo Jiménez, Agustín Lara y Armando Manzanero.
Hijo predilecto de Parácuaro, Michoacán, “Juanga” es el menor de diez hermanos y el nombre de Alberto le fue dado en honor a “Alberto Limonta”, célebre personaje de la radionovela “El derecho de nacer”.
Por el enloquecimiento de su padre, la madre Victoria Valadez se trasladó a Apatzingan, Morelia, y después a Ciudad Juárez, Chihuahua, tratando de dar una existencia digna a sus vástagos.
Con las típicas carencias de la miseria y los milagros pertinentes en cualquier leyenda, en 1971, Juan Gabriel grabó el primer éxito discográfico “No tengo dinero”, después de haberse ganado el sustento en formas variadas, incluidas las míticas presentaciones en vivo en el bar “El Noa Noa”.
Sin embargo, la primera canción que escribió en su vida la hizo a los trece años de edad y la titulo “La muerte del palomo”.
Por una falsa acusación de robo, Juan Gabriel estuvo preso en 1968.
El 27 de diciembre de 1974, doña Victoria Valadez falleció y fue enterrada en el panteón municipal de Parácuaro.
Al primer hit siguieron una cantidad impresionante de trabajos que suman ventas de cien millones de discos en el mundo, además de haber sido el primer compositor mexicano, tras una larga disputa legal con la editora y la disquera, de recuperar la propiedad intelectual total de un catálogo de más de 400 canciones que le siguen aportando respetables regalías.
Dotado de una sensibilidad a la medida de la idiosincrasia promedio del mexicano y rodeado por arreglistas hábiles, el repertorio de Juan Gabriel abarca la mayoría de los géneros tradicionales y contemporáneos sin perder la marca de la casa.
“El Divo de Juárez” ha roto todos los records que cualquier competidor haya podido tener antes que él.
Con dos presentaciones, 1990 y 1997, en el Palacio de las Bellas Artes de la Ciudad de México, Juan Gabriel es el primer cantante popular que haya sido acompañado por la Orquesta Sinfónica Nacional.
Reconocido por la elite de los músicos populares de Iberoamérica, Juan Gabriel es un grande por mérito propio.
No obstante, todavía su trascendencia guarda otras peculiaridades. Dueños de una voz y un estilo interpretativo afectado, melodramático y cursi, “Juanga” es la versión local del español “Raphael” o de todos los cantantes “histriónicos” que se imagine.
Genuino “showman” Juan Gabriel canta, grita, llora, baila, suda la gota gorda y se entrega a los fanes que corean las canciones que literalmente TODO México se sabe.
La inclinación sexual del “artista” ha dado fuerza a las teorías variopintas que lejos de afectarlo, le engrandecen porque en la ambigüedad de su preferencia, sabe que los fieles le perdonan todo, incluso, que hoy luzca una figurita físico estilo Pumba. El jabalí animado de la película “El rey león”.
Con un vocabulario limitado y una versificación elemental, “El Divo de Juárez” contribuyó a la banda sonora de las generaciones de mexicanos posteriores al 68 y es un punto de imitación para el resto de tonadilleros. “JG” es un frijol de a libra que resume en la música y la letra la concepción rupestre de la realidad que posee el México amargo. Baste contemplar las cinco películas que estelarizó en las cuales plasma por adelantado una especie de memorias a la mar de ejemplares para las masas abandonadas.
Adorado por mujeres y hombres de todas las edades y obsesiones, Juan Gabriel es el maestro de “Amor eterno” y los duetos desgarrados con la ibérica Rocío Durcal, pasando por el rock and roll del larga duración “Recuerdos” o los mix discotequeros rigurosos de los “Grandes Éxitos”.
Aunque se niegue, Juan Gabriel está “Siempre en mi mente” o dándole los “Buenos Días, Señor Sol”, pues uno es “Insensible” a heridas de amor.
Defínalo como le guste, pero “Juanga” es uno de esos pocos compatriotas inolvidable, a los sesenta o a los cien años.
domingo, 6 de diciembre de 2009
PINCHE Y PINCHE DISCOS: SUSAN BOYLE
Por.- EL DODO DJ
El 23 de noviembre de 2009, el sello discográfico Zyco Music, filial de Columbia Records, lanzó al marcado mundial el disco compacto “I dreamed a dream”, cantado por la escocesa, Susan Boyle, campeona sin corona del concurso televisivo inglés de talentos “Britain’s Got Talent” de este año.
La noticia, en sí irrelevante, se convirtió en un tema de discusión mundial por las características y el carisma de esta mujer madura, nacida Blackburn, West Lothian, Scotland, en 1961, que hizo posible el sueño de millones de perdedores en el orbe: quince minutos de fama y rating, altísimo rating.
Sin mucho que ofrecer, según los estándares del negocio del espectáculo, Susan Boyle respaldada con una voz peculiar, bonita pero, sin mucho concepto, se convirtió, gracias a la burla inicial de los jueces del concurso y su conversión a la causa, en un fenómeno mediático, desde Internet hasta el último de los medios de información posibles.
De la noche a la mañana, la Tierra supo de Susan Boyle y los admiradores surgieron por generación espontánea, ignorando que la señora había grabado algunos demos en 1999 sin pena ni gloria ni pago, precisamente por la falta de atractivo físico obligado para las ¿cantantes? de la actualidad.
Las apuestas daban por ganadora absoluta a Susan Boyle del concurso, pero le ganó un grupo juvenil multirracial de baile acrobático y ¡cantó!. La Cenicienta perdió y los los chamacos, probablemente, retornen al anonimato.
Las expectativas de la crítica y el público eran altas para el primer trabajo profesional de Boyle. La grabación de doce tracks da una muestra completa que no es lo mismo atender al fenómeno en vivo, que a ponerlo en manos de productores, músicos, arreglistas e ingenieros experimentados.
El disco es plano; basta una canción para darse cuenta por dónde va la cosa. “Wild Horses”, canción emblemática del sentimiento de Mick Jagger y Keith Richards, con una ayudadita del fallecido Gram Parsons, en la interpretación de Susana se escucha bien, pero pierde la garra que un clásico del rock jamás se permite.
“I dreamed a dream”, punto álgido del musical de Los Miserables y el gran hit de presentación en “Britain’s Got Talent”, en esta versión pierde la vitalidad de aquella noche memorable y transcurre, mostrando donde los responsables del proyecto metieron la manota, mezclando el punch orquestral con una voz inmutable. A la señora se la comió el nervio y no se movió un milímetro de lo que sabía hacer casi por intuición: cantar por la voluntad de Dios.
Y podríamos comentar canción tras canción, sin embargo, es innecesario. El disco de Susan Boyle es un premio para sí misma y para la gente que se identifica con ella, la horda de soñadores que mueren sin realizar uno solo. Todos contentos y nadie espera a una superestrella.
Es evidente que la estrategia de mercado es aprovechar la temporada navideña y colocar un éxito en listas. No obstante, tras escuchar el cd varias veces, el escucha nota el limitado manejo de la voz de Boyle y la insistencia de la producción en no salirse de la fórmula probada. Tal vez con un repertorio mejor escogido y trabajado, la cantante hubiera tenido una oportunidad. Así, es simplemente el título de compromiso; el regalo de último momento para los familiares cursis que nos caen gordos.
Por ello, aunque el lanzamiento en sí fue irrelevante, tenía que comentarlo.
Honestamente, los DODOS apoyamos la actitud de Susan Boyle y creímos en su necesidad de ser alguien reconocido por el talento. La prueba es este círculo sonoro que nos acompañara en estas fiestas, en tanto aparece otro milagro.
Y ultimádamente, podrá argumentar Susan Boyle, es mi disco, mi ilusión y se joden. Tendría razón, por eso, felicitamos a la señora por habernos dado una creencia en la oportunidad.
Metido ya en suposiciones, “Amazing Grace”, en cualquier versión medianamente rescatable, deprime a Raúl Gómez, por ende, la interpretación de la Boyle, le recordará a su abuela Celia y eso bastará para que compre la grabación original y nos la aseste hasta el próximo año, y eso es suficiente para aterrar a la redacción.
El 23 de noviembre de 2009, el sello discográfico Zyco Music, filial de Columbia Records, lanzó al marcado mundial el disco compacto “I dreamed a dream”, cantado por la escocesa, Susan Boyle, campeona sin corona del concurso televisivo inglés de talentos “Britain’s Got Talent” de este año.
La noticia, en sí irrelevante, se convirtió en un tema de discusión mundial por las características y el carisma de esta mujer madura, nacida Blackburn, West Lothian, Scotland, en 1961, que hizo posible el sueño de millones de perdedores en el orbe: quince minutos de fama y rating, altísimo rating.
Sin mucho que ofrecer, según los estándares del negocio del espectáculo, Susan Boyle respaldada con una voz peculiar, bonita pero, sin mucho concepto, se convirtió, gracias a la burla inicial de los jueces del concurso y su conversión a la causa, en un fenómeno mediático, desde Internet hasta el último de los medios de información posibles.
De la noche a la mañana, la Tierra supo de Susan Boyle y los admiradores surgieron por generación espontánea, ignorando que la señora había grabado algunos demos en 1999 sin pena ni gloria ni pago, precisamente por la falta de atractivo físico obligado para las ¿cantantes? de la actualidad.
Las apuestas daban por ganadora absoluta a Susan Boyle del concurso, pero le ganó un grupo juvenil multirracial de baile acrobático y ¡cantó!. La Cenicienta perdió y los los chamacos, probablemente, retornen al anonimato.
Las expectativas de la crítica y el público eran altas para el primer trabajo profesional de Boyle. La grabación de doce tracks da una muestra completa que no es lo mismo atender al fenómeno en vivo, que a ponerlo en manos de productores, músicos, arreglistas e ingenieros experimentados.
El disco es plano; basta una canción para darse cuenta por dónde va la cosa. “Wild Horses”, canción emblemática del sentimiento de Mick Jagger y Keith Richards, con una ayudadita del fallecido Gram Parsons, en la interpretación de Susana se escucha bien, pero pierde la garra que un clásico del rock jamás se permite.
“I dreamed a dream”, punto álgido del musical de Los Miserables y el gran hit de presentación en “Britain’s Got Talent”, en esta versión pierde la vitalidad de aquella noche memorable y transcurre, mostrando donde los responsables del proyecto metieron la manota, mezclando el punch orquestral con una voz inmutable. A la señora se la comió el nervio y no se movió un milímetro de lo que sabía hacer casi por intuición: cantar por la voluntad de Dios.
Y podríamos comentar canción tras canción, sin embargo, es innecesario. El disco de Susan Boyle es un premio para sí misma y para la gente que se identifica con ella, la horda de soñadores que mueren sin realizar uno solo. Todos contentos y nadie espera a una superestrella.
Es evidente que la estrategia de mercado es aprovechar la temporada navideña y colocar un éxito en listas. No obstante, tras escuchar el cd varias veces, el escucha nota el limitado manejo de la voz de Boyle y la insistencia de la producción en no salirse de la fórmula probada. Tal vez con un repertorio mejor escogido y trabajado, la cantante hubiera tenido una oportunidad. Así, es simplemente el título de compromiso; el regalo de último momento para los familiares cursis que nos caen gordos.
Por ello, aunque el lanzamiento en sí fue irrelevante, tenía que comentarlo.
Honestamente, los DODOS apoyamos la actitud de Susan Boyle y creímos en su necesidad de ser alguien reconocido por el talento. La prueba es este círculo sonoro que nos acompañara en estas fiestas, en tanto aparece otro milagro.
Y ultimádamente, podrá argumentar Susan Boyle, es mi disco, mi ilusión y se joden. Tendría razón, por eso, felicitamos a la señora por habernos dado una creencia en la oportunidad.
Metido ya en suposiciones, “Amazing Grace”, en cualquier versión medianamente rescatable, deprime a Raúl Gómez, por ende, la interpretación de la Boyle, le recordará a su abuela Celia y eso bastará para que compre la grabación original y nos la aseste hasta el próximo año, y eso es suficiente para aterrar a la redacción.
domingo, 22 de noviembre de 2009
PINCHE Y PINCHE DISCOS: WON'T GET FOOLED AGAIN
Por.- EL DODO DJ
Ahora que a cualquier bola de inútiles se les llama roqueros y no alcanzan ni para un pop de tres cuartos, decidí meterme en mi colección de ROCK, con mayúsculas, para mostrarles una composición de alto octanaje musical y lírico, contenido en el venerado larga duración “Who’s Next”, del año 1971, compuesto e interpretado por THE WHO, en donde la canción final es precisamente el título de mi colaboración, cuya traducción es “No nos engañarán de nuevo”.
A continuación: el texto en español, y en el Sonido de los Dodos, el audio correspondiente y espero que entiendan la diferencia entre los verdaderamente grande y la mercadotecnia correspondiente.
Pelearemos en las calles
con nuestros hijos a los pies
y la moral venerada
no será más
y los hombres
que nos espolearon
juzgarán cuanto es malo
decidirán y la escopeta cantará.
Me quitaré el sombrero
ante la nueva constitución,
haré una reverencia
por la nueva revolución,
sonreiré complaciente
al cambio circundante,
tomaré una silla y tocaré
tal como en el ayer,
y me pondré de rodillas a rezar,
no nos dejaremos engañar de nuevo.
El cambio tenía que llegar,
siempre lo supimos,
sólo fuimos liberados del redil,
el mundo se ve como siempre
y la historia no es culpable
porque nuestras banderas
fueron ondeadas ya en la última guerra.
Me quitaré el sombrero
ante la nueva constitución,
haré una reverencia
por la nueva revolución,
sonreiré complaciente
al cambio circundante,
tomaré una silla y tocaré
tal como en el ayer,
y me pondré de rodillas a rezar,
no nos dejaremos engañar de nuevo.
¡No¡ ¡No!
me haré a un lado con mi familia,
si es que logramos quedar medio vivos,
tomaré todos mis papeles
y sonreiré al cielo
pensando que los hipnotizados
nunca mienten.
No hay nada en las calles
que me parezca diferente,
y los slogans son cambiados
porque sí,
y la partición a la izquierda
es ahora, partición a la derecha,
y las barbas han crecido
de la noche a la mañana
No nos engañaran más
no, no,
conoce al nuevo jefe,
idéntico al viejo jefe .
Pete Townshend
Nota.- Cualquier parecido a situaciones y personajes reales no es coincidencia, es el devenir de la civilización.
Ahora que a cualquier bola de inútiles se les llama roqueros y no alcanzan ni para un pop de tres cuartos, decidí meterme en mi colección de ROCK, con mayúsculas, para mostrarles una composición de alto octanaje musical y lírico, contenido en el venerado larga duración “Who’s Next”, del año 1971, compuesto e interpretado por THE WHO, en donde la canción final es precisamente el título de mi colaboración, cuya traducción es “No nos engañarán de nuevo”.
A continuación: el texto en español, y en el Sonido de los Dodos, el audio correspondiente y espero que entiendan la diferencia entre los verdaderamente grande y la mercadotecnia correspondiente.
Pelearemos en las calles
con nuestros hijos a los pies
y la moral venerada
no será más
y los hombres
que nos espolearon
juzgarán cuanto es malo
decidirán y la escopeta cantará.
Me quitaré el sombrero
ante la nueva constitución,
haré una reverencia
por la nueva revolución,
sonreiré complaciente
al cambio circundante,
tomaré una silla y tocaré
tal como en el ayer,
y me pondré de rodillas a rezar,
no nos dejaremos engañar de nuevo.
El cambio tenía que llegar,
siempre lo supimos,
sólo fuimos liberados del redil,
el mundo se ve como siempre
y la historia no es culpable
porque nuestras banderas
fueron ondeadas ya en la última guerra.
Me quitaré el sombrero
ante la nueva constitución,
haré una reverencia
por la nueva revolución,
sonreiré complaciente
al cambio circundante,
tomaré una silla y tocaré
tal como en el ayer,
y me pondré de rodillas a rezar,
no nos dejaremos engañar de nuevo.
¡No¡ ¡No!
me haré a un lado con mi familia,
si es que logramos quedar medio vivos,
tomaré todos mis papeles
y sonreiré al cielo
pensando que los hipnotizados
nunca mienten.
No hay nada en las calles
que me parezca diferente,
y los slogans son cambiados
porque sí,
y la partición a la izquierda
es ahora, partición a la derecha,
y las barbas han crecido
de la noche a la mañana
No nos engañaran más
no, no,
conoce al nuevo jefe,
idéntico al viejo jefe .
Pete Townshend
Nota.- Cualquier parecido a situaciones y personajes reales no es coincidencia, es el devenir de la civilización.
sábado, 24 de octubre de 2009
PINCHE Y PINCHE DISCOS: RECICLANDO LA BASURA, COLECCIONISMO A LA MEXICANA
POR.- EL DODO DJ
Tianguis de La Lagunilla, en la Ciudad de México, próximo domingo
A lo largo de una cuantas calles, el negocio de la basura, del desecho, de los “tiliches” y las baratijas, se adueña de la imaginación y el candor financiero de los visitantes.
Como cualquier otro mercado de pulgas, el de La Lagunilla es una extensión de ingenio, la mala leche y la tranza. Disfrazado de baratillo de antigüedades, el mercado da pie a las conductas mercantiles menos virtuosas y la exhibición ramplona del consumo cursi.
La exageración grotesca de una clientela afectada por el tiempo permite que los marchantes adopten una especialidad, que muy pocos efectivamente sustentan. De la noche a la mañana son especialistas en arte, accesorios, muebles, libros, fotografías, monedas, timbres y hasta parafernalia nazi. Todo lo saben y lo que no, lo inventan.
Entre muñecas de plástico rotas, espejos oxidados, revistas deshojadas, pedazos de todo y complementos de nada, los expertos fraudulentos elevan las aspiraciones estilísticas de una clase media en franca caída social. El chiste es aparentar; aparentar que el comprador sabe y que el que vende se solidariza con el precio.
¿Criterios de compra y venta?. “Antigüedad”, pero no en la acepción erudita de objetos que integran por materiales, diseño, acabados y uso el momento histórico de la sociedad que lo engendró. No. Acá la antigüedad es “vieja”, es decir, amarillenta, apolillada, crujiente, sucia; en una palabra: inútil.
¿A quién carajo le importa la Historia?. La mercancía solicitada tiene que apestar a bodega o a tiradero. La operación sólo requiere la habilidad de ensartarse al otro, al demandante de cierto status o mal gusto. No es casual que en los corredores deambulen cientos de “wanna be” que expulsados de los círculos genuinos se conforman en el modesto paseo de las pretensiones huecas.
Todo está a su favor: el comerciante cómplice del auto engaño, el objeto ni soñado en la disputa y el eterno logos “Se lo doy barato. Pregunte. Es carísimo. Con una pintadita queda. Hace rato vendí el parcito. En Europa me darían oro”.
El regateo institucional. “Soy cliente. Está caro. Bájese. Le ofrezco. Vengo por un mandado. La próxima le apoco”.
La mutua satisfacción. “Ora. Me voy a arrepentir. Por ser usted. Ya no salió la cuenta. Acuérdese del favor”.
Herederos de una tradición acéfala, los tianguistas lagunilleros comparten la ignorancia colectiva. Hubo, que no quepa duda, un tiempo en que el mercado era una oportunidad para los coleccionistas serios, sin embargo, las sangrías económicas y la perdida de la educación empezaron a fracturar el espacio.
Siguiendo el ciclo de las mercancías, las caras accedieron a plazas exclusivistas y a contactos profesionales que capturan y venden. El negocio pequeño fue delegado al chacharero, al que vende poquito porque compra poquito. No obstante, el mito se mantuvo y no faltaron los hipnotizados que se aferraron a vivir del pasado que nunca conocieron.
En un 90% las “antigüedades” de La Lagunilla son desperdicios, triques extraídos de los tapancos y sótanos de las casonas derruidas, experimentos fallidos de la creatividad infantil y seudo artesanías cocinadas en el horno de la miseria posmoderna.
Sólo en ese caos, vaya contradicción, se ordena la escultura “gótica” (vampiros hechizos emplumados); la piratería musical dirigida a adultos nostálgicos poquiteros; cristalería camp y kitsch al gusto; bibliotecas de segunda a precios de primera; exotismos gastronómicos domingueros; fetichismo ñono: luchadores tercermundistas, cucharitas plateadas dudosas, encueratrices anónimas, juguetes lastimeros, espantajos antidiluvianos; y el lounge avecindado en las colonias Condesa y Roma: lámparas horrendas, figuritas de madera en desuso, postales cómicas de viajes fantásticos, lentes, cigarreras, licoreras; en suma, el “maravilloso universo” del desconocimiento estético elemental.
Al igual que el jubilado siglo XX, La Lagunilla es un recuerdo que a veinte uñas anhela sobrevivir. Hoy, de la calle ha brincado a una especie de pabellón techado en las instalaciones abandonadas por la Feria del Disco, probando que puede ir a la par de las transformaciones sociales empero vicios propios y deterioros externos le cuentan los diez segundos de rigor. La revuelta mercantil generada en Tepito por las mafias orientales pronto alcanzará la zona e impondrá una manera distinta de hacer negocios. A lo mejor seguirá siendo basura, pero una basura nueva, atractiva y a costo de desperdicio.
El abolengo de La Lagunilla no es valor agregado. Es ridículo pretender que un producto cueste más por encontrarse en ella. Vayamos a un ejemplo. Un libro de línea, que a las afueras de la estación del metro correspondiente se cotiza entre 5 y 10 pesos, en el suelo del apreciado tianguis sobreoferta el 1000 por ciento.
¿Y qué decir de los discos de acetato?. Es absurda la voracidad del arribista que cae en la herencia bastarda: ganar por encima de lógica y mínimos decoros.
Creer en la barata lagunillera es pecar de imbécil. Aun en el bisbirul menos ostentoso y la humilde madriolita la ganancia es pingüe. Nuevamente el asunto de la fama y la prodigalidad inducida del visitante hacen el asalto en despoblado.
Esperando que las circunstancias no le sean adversas, le aseguro que si usted, en una emergencia, deseará vender una reliquia familiar busque en sitio de menos riesgo. Los tianguistas golpean el precio de compra al mínimo: ediciones únicas a veinte pesos, autógrafos a cinco, estatuillas cincuenta, y en esa directriz van las transacciones. “No hay ventas. Está cateada. No son las buenas. Estuviera viejita. El primer modelo. Tráigase otra”.
Ya no le platico la sorpresa que se llevaría al toparse con la reliquia y preguntar el precio en una próxima visita. Vomitaría verde al constatar que piden quince veces lo que le ofrecieron. De verdad, un bonito negocio.
Comparando ingresos e indicadores de calidad de vida, La Lagunilla resulta ser uno de los mercados de pulgas más caros del mundo, sin contar, claro está, estándares de calidad.
¿Calidad?. Sí, calidad, pues el coleccionismo no se sustenta únicamente en el atesoramiento de cosas, es pertinente poseer elementos distintivos: originalidad, estado, diversidad, anécdota.
Al México esas “rarezas” le valen. Él junta, amontona, apila en desconcierto. Ni se informa ni lo necesita, es intuitivo, echador, aventado. “Merca” lo que le late. En consecuencia sus colecciones se limitan a la emoción, al instante y con dificultad define un propósito. “Es pa’ los chavos. Mañana costarán mucho. Me trae recuerdos. No sé. Se ven chidas”.
Ante tales expectativas inteligentes es lógico doblar la estupidez. La Lagunilla es uno de los pocos botaderos que conozco donde la diversión es pagar más por lo menos.
La conclusión de ese hábito es lamentable. El legado de esas colecciones será el sin sentido, el olvido que, por unos cuantos momentos, pudo evitarse. Mientras, estas variantes de merolicos transforman el desperdicio en dinero, evocando la creencia popular que las ánimas en pena deciden a quien regalarles su tesoro.
Y créame, en el encandilamiento ajeno está el principio de muchas fortunas.
“¿No me compra este radio que no se oye?. ¿No se interesa en esta pintura sin colores?. ¿En este ángel sin alas? ¿En este diablo sin cuernos”
“Valió la pena venir tan lejos. Estoy de acuerdo que se ganen algo. Pobre gente. Fue una ganga”
En el anacronismo existencial que nos caracteriza, estamos siendo cómplices del fin de una costumbre popular al solapar actitudes que denigran la inteligencia y el sentido común, antes de pretender apropiarnos del tiempo, tenemos que comprenderlo, y es esa disyuntiva la que nos derriba. Queremos el pasado sin memoria. Queremos las cosas, nunca las causas de su desaparición. Y acabamos en el hecho insoslayable del neófito: regresamos siempre gustosos a la basura.
Tianguis de La Lagunilla, en la Ciudad de México, próximo domingo
A lo largo de una cuantas calles, el negocio de la basura, del desecho, de los “tiliches” y las baratijas, se adueña de la imaginación y el candor financiero de los visitantes.
Como cualquier otro mercado de pulgas, el de La Lagunilla es una extensión de ingenio, la mala leche y la tranza. Disfrazado de baratillo de antigüedades, el mercado da pie a las conductas mercantiles menos virtuosas y la exhibición ramplona del consumo cursi.
La exageración grotesca de una clientela afectada por el tiempo permite que los marchantes adopten una especialidad, que muy pocos efectivamente sustentan. De la noche a la mañana son especialistas en arte, accesorios, muebles, libros, fotografías, monedas, timbres y hasta parafernalia nazi. Todo lo saben y lo que no, lo inventan.
Entre muñecas de plástico rotas, espejos oxidados, revistas deshojadas, pedazos de todo y complementos de nada, los expertos fraudulentos elevan las aspiraciones estilísticas de una clase media en franca caída social. El chiste es aparentar; aparentar que el comprador sabe y que el que vende se solidariza con el precio.
¿Criterios de compra y venta?. “Antigüedad”, pero no en la acepción erudita de objetos que integran por materiales, diseño, acabados y uso el momento histórico de la sociedad que lo engendró. No. Acá la antigüedad es “vieja”, es decir, amarillenta, apolillada, crujiente, sucia; en una palabra: inútil.
¿A quién carajo le importa la Historia?. La mercancía solicitada tiene que apestar a bodega o a tiradero. La operación sólo requiere la habilidad de ensartarse al otro, al demandante de cierto status o mal gusto. No es casual que en los corredores deambulen cientos de “wanna be” que expulsados de los círculos genuinos se conforman en el modesto paseo de las pretensiones huecas.
Todo está a su favor: el comerciante cómplice del auto engaño, el objeto ni soñado en la disputa y el eterno logos “Se lo doy barato. Pregunte. Es carísimo. Con una pintadita queda. Hace rato vendí el parcito. En Europa me darían oro”.
El regateo institucional. “Soy cliente. Está caro. Bájese. Le ofrezco. Vengo por un mandado. La próxima le apoco”.
La mutua satisfacción. “Ora. Me voy a arrepentir. Por ser usted. Ya no salió la cuenta. Acuérdese del favor”.
Herederos de una tradición acéfala, los tianguistas lagunilleros comparten la ignorancia colectiva. Hubo, que no quepa duda, un tiempo en que el mercado era una oportunidad para los coleccionistas serios, sin embargo, las sangrías económicas y la perdida de la educación empezaron a fracturar el espacio.
Siguiendo el ciclo de las mercancías, las caras accedieron a plazas exclusivistas y a contactos profesionales que capturan y venden. El negocio pequeño fue delegado al chacharero, al que vende poquito porque compra poquito. No obstante, el mito se mantuvo y no faltaron los hipnotizados que se aferraron a vivir del pasado que nunca conocieron.
En un 90% las “antigüedades” de La Lagunilla son desperdicios, triques extraídos de los tapancos y sótanos de las casonas derruidas, experimentos fallidos de la creatividad infantil y seudo artesanías cocinadas en el horno de la miseria posmoderna.
Sólo en ese caos, vaya contradicción, se ordena la escultura “gótica” (vampiros hechizos emplumados); la piratería musical dirigida a adultos nostálgicos poquiteros; cristalería camp y kitsch al gusto; bibliotecas de segunda a precios de primera; exotismos gastronómicos domingueros; fetichismo ñono: luchadores tercermundistas, cucharitas plateadas dudosas, encueratrices anónimas, juguetes lastimeros, espantajos antidiluvianos; y el lounge avecindado en las colonias Condesa y Roma: lámparas horrendas, figuritas de madera en desuso, postales cómicas de viajes fantásticos, lentes, cigarreras, licoreras; en suma, el “maravilloso universo” del desconocimiento estético elemental.
Al igual que el jubilado siglo XX, La Lagunilla es un recuerdo que a veinte uñas anhela sobrevivir. Hoy, de la calle ha brincado a una especie de pabellón techado en las instalaciones abandonadas por la Feria del Disco, probando que puede ir a la par de las transformaciones sociales empero vicios propios y deterioros externos le cuentan los diez segundos de rigor. La revuelta mercantil generada en Tepito por las mafias orientales pronto alcanzará la zona e impondrá una manera distinta de hacer negocios. A lo mejor seguirá siendo basura, pero una basura nueva, atractiva y a costo de desperdicio.
El abolengo de La Lagunilla no es valor agregado. Es ridículo pretender que un producto cueste más por encontrarse en ella. Vayamos a un ejemplo. Un libro de línea, que a las afueras de la estación del metro correspondiente se cotiza entre 5 y 10 pesos, en el suelo del apreciado tianguis sobreoferta el 1000 por ciento.
¿Y qué decir de los discos de acetato?. Es absurda la voracidad del arribista que cae en la herencia bastarda: ganar por encima de lógica y mínimos decoros.
Creer en la barata lagunillera es pecar de imbécil. Aun en el bisbirul menos ostentoso y la humilde madriolita la ganancia es pingüe. Nuevamente el asunto de la fama y la prodigalidad inducida del visitante hacen el asalto en despoblado.
Esperando que las circunstancias no le sean adversas, le aseguro que si usted, en una emergencia, deseará vender una reliquia familiar busque en sitio de menos riesgo. Los tianguistas golpean el precio de compra al mínimo: ediciones únicas a veinte pesos, autógrafos a cinco, estatuillas cincuenta, y en esa directriz van las transacciones. “No hay ventas. Está cateada. No son las buenas. Estuviera viejita. El primer modelo. Tráigase otra”.
Ya no le platico la sorpresa que se llevaría al toparse con la reliquia y preguntar el precio en una próxima visita. Vomitaría verde al constatar que piden quince veces lo que le ofrecieron. De verdad, un bonito negocio.
Comparando ingresos e indicadores de calidad de vida, La Lagunilla resulta ser uno de los mercados de pulgas más caros del mundo, sin contar, claro está, estándares de calidad.
¿Calidad?. Sí, calidad, pues el coleccionismo no se sustenta únicamente en el atesoramiento de cosas, es pertinente poseer elementos distintivos: originalidad, estado, diversidad, anécdota.
Al México esas “rarezas” le valen. Él junta, amontona, apila en desconcierto. Ni se informa ni lo necesita, es intuitivo, echador, aventado. “Merca” lo que le late. En consecuencia sus colecciones se limitan a la emoción, al instante y con dificultad define un propósito. “Es pa’ los chavos. Mañana costarán mucho. Me trae recuerdos. No sé. Se ven chidas”.
Ante tales expectativas inteligentes es lógico doblar la estupidez. La Lagunilla es uno de los pocos botaderos que conozco donde la diversión es pagar más por lo menos.
La conclusión de ese hábito es lamentable. El legado de esas colecciones será el sin sentido, el olvido que, por unos cuantos momentos, pudo evitarse. Mientras, estas variantes de merolicos transforman el desperdicio en dinero, evocando la creencia popular que las ánimas en pena deciden a quien regalarles su tesoro.
Y créame, en el encandilamiento ajeno está el principio de muchas fortunas.
“¿No me compra este radio que no se oye?. ¿No se interesa en esta pintura sin colores?. ¿En este ángel sin alas? ¿En este diablo sin cuernos”
“Valió la pena venir tan lejos. Estoy de acuerdo que se ganen algo. Pobre gente. Fue una ganga”
En el anacronismo existencial que nos caracteriza, estamos siendo cómplices del fin de una costumbre popular al solapar actitudes que denigran la inteligencia y el sentido común, antes de pretender apropiarnos del tiempo, tenemos que comprenderlo, y es esa disyuntiva la que nos derriba. Queremos el pasado sin memoria. Queremos las cosas, nunca las causas de su desaparición. Y acabamos en el hecho insoslayable del neófito: regresamos siempre gustosos a la basura.
sábado, 26 de septiembre de 2009
PINCHE Y PINCHE DISCOS: ABBEY ROAD
Por.- El DODO DJ
El viernes 26 de septiembre de l969, fue lanzado en Inglaterra el último Larga Duración de The Beatles: “Abbey Road”, titulado con el nombre de la calle donde a la fecha se encuentran los Estudios de Grabación de EMI, casa donde se grabaron las piezas de la discografía de los legendarios hijos predilectos de Liverpool.
En el lanzamiento inicial, el álbum estuvo únicamente a disposición en estéreo consiguiendo un sonido bastante interesante en una época llena de experimentos auditivos. La programación de las canciones fue: Lado A.- Come Together, Something, Maxwell Silver’s Hammer, Oh!Darling, Octopus’s Garden, I Want You (She Is So Heavy); Lado B,- Here Comes The Sun, Because, You Never Give Me Your Money, Sun King, Mean Mr. Mustard, Polythene Pam / She Came In Though The Bathroom Window, Golden Slumbers / Carry That Weight /, The End, Her Majesty.
Aunque por cuestiones de mercadotecnia, “Let It Be”, es el último título de los discos originales del cuarteto, “Abbey Road” es el proyecto final de la creatividad artística de los músicos y una despedida inmejorable del hombre detrás de las máquinas, George Martin.
El disco en sí es un puñado de buenas canciones y, para muchos, un “Sargento Pimienta II”.
Con una propuesta primitiva a llamarse “Everest”, “Abbey Road” inicia con “Vengan Juntos”, un rock duro alegórico a los juegos de palabras típicos de John Lennon y una estructura “groovie” como invitación a dejarse ir a la belleza de “Algo”, composición de George Harrison, calificada por Frank Sinatra como la mejor canción de amor por él conocida sin el habitual “te amo”. El martillo de plata de Maxwell es una composición equilibrada de la dupla Lennon-McCartney centrada en un asesino serial y el posible humor negro legado por sus crímenes, “¡Oh querida” es una obra de Paul McCartney y cantada por él, a pesar de la obstinación de Lennon para llevar la voz principal. “El jardín del pulpo” es el aporte de Ringo Starr al acetato mediante una creación infantil, pegajosa y lista para su ingreso a las parodias de los Muppets o Plaza Sésamo. Cerrando la primera parte del viaje, regresa Lennon con “Te deseo (ella es muy pesada)”, donde en una especie de improvisación se aterriza un blues eléctrico, pesado con una profundidad de texturas pocas veces presentes en las primeras tomas del “booksong” de John; honestamente, un demoledor reclamo sexual del hombre por una mujer, aun y esta sea Yoko Ono.
La segunda etapa del “trip” es lo más cercano al “Sargento” pero sin la genialidad de este. Por necedad de Paul McCartney, las canciones y los popurrís parecen no estar terminados o carecer de un perfeccionamiento en la composición y, salvo “Aquí viene el sol” y “Porque”, firmadas por Harrison y Lennon, respectivamente, el resto es un compendio de melodías y letras buenas débiles en el encanto de atracción popular. Aun el seudo sólo de batería de Ringo, bastante limitado por cierto, es un fugaz chispazo de la gloria posible, de haberse hecho en otro tiempo.
En esos días la crisis interna de la asociación musical estaba en pleno auge. La presencia de Yoko en el estudio de grabación y sus intervenciones en la toma de decisiones de la banda, gracias al encandilamiento sentimental de John; las pugnas por el dinero y los negocios de Paul; el hartazgo del papel secundario jugado por Harrison, a pesar de la calidad indiscutible de sus propuestas; y la nulidad de Ringo en la lucha de titanes repercutieron en el disco y, el sostén estándar de la marca, dista de ser un refrendo de su liderazgo en la década.
“Abbey Road” es un anticipo de la fragilidad del sueño y de cierta perdida de rumbo por parte de los Beatles en el futuro solista, rescatados limpiamente por el impávido productor George Martin para brindar al público nuevos éxitos y una continuación del linaje, el concepto concluye en un canto de cisne esperado por anticipado.
Cuarenta años después, el álbum sigue siendo un trabajo de altas y bajas, sin importar la manita de gato dada por la colección “Remasters”, pues, estas nuevas mezclas no fueron hechas por Martin y el equipo involucrado abrillantaron el sonido, sacrificando la rigurosidad del tiempo.
En lo personal, para completar el periodo 66-70 es indispensable tener este título, sin embargo, resulta prescindible frente a otros larga duración de los Beatles. No obstante, hay quienes adoran “Abbey Road” y sueñan repetir la famosa portada fotografiada por Iain Macmillan cruzando la afamada calle.
En cuanto a lo expuesto técnicamente invito a los interesados a escuchar un CD convencional del álbum y después compararlo al remaster. Se darán cuenta de una mejora sustancial del audio, sin embargo, la mezcla de Martin es un ingrediente decisivo y ausente. No en balde, el señor es la columna vertebral del discurso fonográfico de la leyenda y una ausencia pesada en la reconstrucción del mito.
Tarde o temprano, se regresará la preservación histórica de los masters de los Beatles tal y como Martin los acabó, precisamente por la perfección total de su trabajo. No se cambia la historia por decretos de ventas. O, así lo sostengo yo.
El viernes 26 de septiembre de l969, fue lanzado en Inglaterra el último Larga Duración de The Beatles: “Abbey Road”, titulado con el nombre de la calle donde a la fecha se encuentran los Estudios de Grabación de EMI, casa donde se grabaron las piezas de la discografía de los legendarios hijos predilectos de Liverpool.
En el lanzamiento inicial, el álbum estuvo únicamente a disposición en estéreo consiguiendo un sonido bastante interesante en una época llena de experimentos auditivos. La programación de las canciones fue: Lado A.- Come Together, Something, Maxwell Silver’s Hammer, Oh!Darling, Octopus’s Garden, I Want You (She Is So Heavy); Lado B,- Here Comes The Sun, Because, You Never Give Me Your Money, Sun King, Mean Mr. Mustard, Polythene Pam / She Came In Though The Bathroom Window, Golden Slumbers / Carry That Weight /, The End, Her Majesty.
Aunque por cuestiones de mercadotecnia, “Let It Be”, es el último título de los discos originales del cuarteto, “Abbey Road” es el proyecto final de la creatividad artística de los músicos y una despedida inmejorable del hombre detrás de las máquinas, George Martin.
El disco en sí es un puñado de buenas canciones y, para muchos, un “Sargento Pimienta II”.
Con una propuesta primitiva a llamarse “Everest”, “Abbey Road” inicia con “Vengan Juntos”, un rock duro alegórico a los juegos de palabras típicos de John Lennon y una estructura “groovie” como invitación a dejarse ir a la belleza de “Algo”, composición de George Harrison, calificada por Frank Sinatra como la mejor canción de amor por él conocida sin el habitual “te amo”. El martillo de plata de Maxwell es una composición equilibrada de la dupla Lennon-McCartney centrada en un asesino serial y el posible humor negro legado por sus crímenes, “¡Oh querida” es una obra de Paul McCartney y cantada por él, a pesar de la obstinación de Lennon para llevar la voz principal. “El jardín del pulpo” es el aporte de Ringo Starr al acetato mediante una creación infantil, pegajosa y lista para su ingreso a las parodias de los Muppets o Plaza Sésamo. Cerrando la primera parte del viaje, regresa Lennon con “Te deseo (ella es muy pesada)”, donde en una especie de improvisación se aterriza un blues eléctrico, pesado con una profundidad de texturas pocas veces presentes en las primeras tomas del “booksong” de John; honestamente, un demoledor reclamo sexual del hombre por una mujer, aun y esta sea Yoko Ono.
La segunda etapa del “trip” es lo más cercano al “Sargento” pero sin la genialidad de este. Por necedad de Paul McCartney, las canciones y los popurrís parecen no estar terminados o carecer de un perfeccionamiento en la composición y, salvo “Aquí viene el sol” y “Porque”, firmadas por Harrison y Lennon, respectivamente, el resto es un compendio de melodías y letras buenas débiles en el encanto de atracción popular. Aun el seudo sólo de batería de Ringo, bastante limitado por cierto, es un fugaz chispazo de la gloria posible, de haberse hecho en otro tiempo.
En esos días la crisis interna de la asociación musical estaba en pleno auge. La presencia de Yoko en el estudio de grabación y sus intervenciones en la toma de decisiones de la banda, gracias al encandilamiento sentimental de John; las pugnas por el dinero y los negocios de Paul; el hartazgo del papel secundario jugado por Harrison, a pesar de la calidad indiscutible de sus propuestas; y la nulidad de Ringo en la lucha de titanes repercutieron en el disco y, el sostén estándar de la marca, dista de ser un refrendo de su liderazgo en la década.
“Abbey Road” es un anticipo de la fragilidad del sueño y de cierta perdida de rumbo por parte de los Beatles en el futuro solista, rescatados limpiamente por el impávido productor George Martin para brindar al público nuevos éxitos y una continuación del linaje, el concepto concluye en un canto de cisne esperado por anticipado.
Cuarenta años después, el álbum sigue siendo un trabajo de altas y bajas, sin importar la manita de gato dada por la colección “Remasters”, pues, estas nuevas mezclas no fueron hechas por Martin y el equipo involucrado abrillantaron el sonido, sacrificando la rigurosidad del tiempo.
En lo personal, para completar el periodo 66-70 es indispensable tener este título, sin embargo, resulta prescindible frente a otros larga duración de los Beatles. No obstante, hay quienes adoran “Abbey Road” y sueñan repetir la famosa portada fotografiada por Iain Macmillan cruzando la afamada calle.
En cuanto a lo expuesto técnicamente invito a los interesados a escuchar un CD convencional del álbum y después compararlo al remaster. Se darán cuenta de una mejora sustancial del audio, sin embargo, la mezcla de Martin es un ingrediente decisivo y ausente. No en balde, el señor es la columna vertebral del discurso fonográfico de la leyenda y una ausencia pesada en la reconstrucción del mito.
Tarde o temprano, se regresará la preservación histórica de los masters de los Beatles tal y como Martin los acabó, precisamente por la perfección total de su trabajo. No se cambia la historia por decretos de ventas. O, así lo sostengo yo.
martes, 22 de septiembre de 2009
PINCHE Y PINCHE DISCOS: UN CONCIERTO POR LA PAZ...DE CUBA
Por.- EL DODO DJ
Con la participación de quince nombres, de más a menos, importantes en la música de la zona, se celebró, el 20 de septiembre de 2009, el polémico Concierto “Paz sin fronteras”, organizado por el cantante colombiano Juanes y el Instituto Cubano de la Música, en la Plaza de la Revolución José Martí de La Habana, con la asistencia promedio de un millón de personas con acceso gratuito y una burbuja de opinión pública inducida para darle un sentido comprometido a la variedad.
El cartel encabezado por Juanes, metido a Bono guapachoso region cuatro, tuvo a los cubanos Amaury Pérez, Cucu Diamantes y su grupo Yerbabuena, Silvio Rodríguez (el rey del chaquetezo ideológico seudo revolucionario), los Van Van, Carlos Varela, el grupo Orishas y X Alonso; a los españoles Miguel Bosé, Luis Eduardo Auté, Víctor Manuel (par de chiles de todos los mitotes progres); los puertorriqueños Danny Rivera y Olga Tañón, el ecuatoriano Juan Fernando Velasco y el italiano Jovanotti.
Sin mayores contratiempos a los supuestos, el concierto rodó por las vías de la música y el entretenimiento, entre una y otra consigna “política” típica en eventos de este cariz y loas a la unión de los hermanos en el exilio.
El verdadero espectáculo ocurrió en Miami, Florida, en la pequeña Cuba donde la extrema derecha anticastrista montó un show en contra de Juanes con todo y destrucción de CDS y las declaraciones incendiarias de traición, muerte al dictador y el largo etcétera repetido por décadas para no perder el estilo y los fondos financieros requeridos en la cruzada contra el ¿comunismo?.
Las palabras del presidente de los Estados Unidos Barack Obama, dando su bendición por el acercamiento de Cuba a la democracia, o sea, vayan cayéndose con lo nuestro, inspiraron en el evento una tónica de excepcionalidad bastante cuestionable.
La asistencia a la cita fue en su mayoría de jóvenes, la vieja guardia contempló con escepticismo los números musicales y no se tragaron las buenas intenciones de los organizadores, en especial de Juanes, quien se ha llevado carretadas de publicidad gratuita para su cosecha sin perder la moda “humanitaria” del cantante de U2.
Hasta Hugo Chávez aprobó de “maravilloso” el encuentro artístico y, siempre solidario en eso del sueño de Bolivar a conveniencia, alabó el aporte a la integración de los cubanos exiliados y los isleños.
La prensa dizque especializada, en el continente americano, se deshizo de aclamaciones y alabados al señor Juanes y las “personalidades” comprometidas en un proyecto tan ambicioso y tan difícil de concretar (sin explicar la agonía del régimen y la cantadísima apertura de su reino, además de los enjuagues implícitos en los permisos).
La acreditación de 160 periodistas, ¿160?, se tomó en calidad de noticia y las curiosidades estuvieron a la orden de las horas: desmayos, mensajes, coros y demás pachanga.
Sin embargo, un error imperdonable en la información fue calificar a Juanes de rockero, cuando si mucho, sus canciones caen en el pop caribeño y no en la fuerza bruta del género apuntado.
Transmitido por la televisión internacional e Internet, “Paz sin fronteras” se sumó al primer proyecto protagonizado por Juanes en 2008, cuando Colombia y Ecuador andaban de la greña por la frontera y el paladín de los justos se metió a predicar las buenas vibras.
En ambos casos, Juanes se paró el cuello, mantuvo el alto perfil mediático y se perfiló en el pedestal altruista acariciado, pobremente en verdad, por los mexicanos Saúl Hernández y Fher, del grupo Maná.
En el análisis estrictamente musical, el concierto fue un catálogo de repertorios probados, algunas caras desprestigiadas y de presten los focos para dejarme ver.
Por momentos temí la aparición de Don Francisco y el Chacal, de ese calibre estuvo el show, en una ciudad acostumbrada a las promesas incumplidas.
En unas semanas calcularemos el efecto de esta jornada libertaria sin camisa chunda, pero eso sí hartas camisetas blancas.
Aguanten al disco y al dvd conmemorativo.
Con la participación de quince nombres, de más a menos, importantes en la música de la zona, se celebró, el 20 de septiembre de 2009, el polémico Concierto “Paz sin fronteras”, organizado por el cantante colombiano Juanes y el Instituto Cubano de la Música, en la Plaza de la Revolución José Martí de La Habana, con la asistencia promedio de un millón de personas con acceso gratuito y una burbuja de opinión pública inducida para darle un sentido comprometido a la variedad.
El cartel encabezado por Juanes, metido a Bono guapachoso region cuatro, tuvo a los cubanos Amaury Pérez, Cucu Diamantes y su grupo Yerbabuena, Silvio Rodríguez (el rey del chaquetezo ideológico seudo revolucionario), los Van Van, Carlos Varela, el grupo Orishas y X Alonso; a los españoles Miguel Bosé, Luis Eduardo Auté, Víctor Manuel (par de chiles de todos los mitotes progres); los puertorriqueños Danny Rivera y Olga Tañón, el ecuatoriano Juan Fernando Velasco y el italiano Jovanotti.
Sin mayores contratiempos a los supuestos, el concierto rodó por las vías de la música y el entretenimiento, entre una y otra consigna “política” típica en eventos de este cariz y loas a la unión de los hermanos en el exilio.
El verdadero espectáculo ocurrió en Miami, Florida, en la pequeña Cuba donde la extrema derecha anticastrista montó un show en contra de Juanes con todo y destrucción de CDS y las declaraciones incendiarias de traición, muerte al dictador y el largo etcétera repetido por décadas para no perder el estilo y los fondos financieros requeridos en la cruzada contra el ¿comunismo?.
Las palabras del presidente de los Estados Unidos Barack Obama, dando su bendición por el acercamiento de Cuba a la democracia, o sea, vayan cayéndose con lo nuestro, inspiraron en el evento una tónica de excepcionalidad bastante cuestionable.
La asistencia a la cita fue en su mayoría de jóvenes, la vieja guardia contempló con escepticismo los números musicales y no se tragaron las buenas intenciones de los organizadores, en especial de Juanes, quien se ha llevado carretadas de publicidad gratuita para su cosecha sin perder la moda “humanitaria” del cantante de U2.
Hasta Hugo Chávez aprobó de “maravilloso” el encuentro artístico y, siempre solidario en eso del sueño de Bolivar a conveniencia, alabó el aporte a la integración de los cubanos exiliados y los isleños.
La prensa dizque especializada, en el continente americano, se deshizo de aclamaciones y alabados al señor Juanes y las “personalidades” comprometidas en un proyecto tan ambicioso y tan difícil de concretar (sin explicar la agonía del régimen y la cantadísima apertura de su reino, además de los enjuagues implícitos en los permisos).
La acreditación de 160 periodistas, ¿160?, se tomó en calidad de noticia y las curiosidades estuvieron a la orden de las horas: desmayos, mensajes, coros y demás pachanga.
Sin embargo, un error imperdonable en la información fue calificar a Juanes de rockero, cuando si mucho, sus canciones caen en el pop caribeño y no en la fuerza bruta del género apuntado.
Transmitido por la televisión internacional e Internet, “Paz sin fronteras” se sumó al primer proyecto protagonizado por Juanes en 2008, cuando Colombia y Ecuador andaban de la greña por la frontera y el paladín de los justos se metió a predicar las buenas vibras.
En ambos casos, Juanes se paró el cuello, mantuvo el alto perfil mediático y se perfiló en el pedestal altruista acariciado, pobremente en verdad, por los mexicanos Saúl Hernández y Fher, del grupo Maná.
En el análisis estrictamente musical, el concierto fue un catálogo de repertorios probados, algunas caras desprestigiadas y de presten los focos para dejarme ver.
Por momentos temí la aparición de Don Francisco y el Chacal, de ese calibre estuvo el show, en una ciudad acostumbrada a las promesas incumplidas.
En unas semanas calcularemos el efecto de esta jornada libertaria sin camisa chunda, pero eso sí hartas camisetas blancas.
Aguanten al disco y al dvd conmemorativo.
sábado, 15 de agosto de 2009
PINCHE Y PINCHE DISCOS: WOODSTOCK

Por: RAÚL GÓMEZ MIGUEL
Fueron tres días de Amor, Paz, Música e Improvisación. Medio millón de personas crearon en el clímax la Nación de Woodstock, cumbre de la utopía hippie y de la contracultura mundial, después de esas jornadas artísticas multitudinarias el mundo dejó de ser inocente y transitó por el camino de los ángeles perdidos y saturados de rencor.
Los movimientos estudiantiles de 1968 y la oposición generacional a la guerra de Vietnam, entrando y saliendo de las vanguardias contestatarias del el arte y la cultura, pusieron el fondo perfecto para organizar un primer concierto de rock inigualable y de un peso histórico inobjetable.
La idea original era realizarlo en los terrenos del pueblo de Woodstock, en Ulster County, Nueva York, pero la negativa de la población movió el evento a una granja de Bethel, en Sullivan County, en el mismo estado.
Las fechas se pactaron para los días 15, 16 y 17 de agosto de 1969, sin embargo, por un alargamiento en las maratónicas sesiones musicales, la mañana del 18 sorprendió a los últimos acordes de Jimi Hendrix y a unos cien mil espectadores extasiados con la Fender.
El costo del boleto por día fue de ocho dólares y el abono del festival de 24. La publicidad y la mercadotecnia calcularon una respuesta de sesenta mil asistentes, sin embargo, el cálculo promedio ubica a 500,000 individuos y una cantidad innumerable de gente varada en las carreteras.
Ante la creciente llegada de público, se declaró el concierto gratuito y se elevaron mantras para no perder el control de la masa.
El programa musical contaba a las figuras claves del rock psicodélico de San Francisco California, pero por razones de presupuesto, los líderes de la rebeldía mundial estuvieron ausentes: The Beatles, The Rolling Stones y Bob Dylan.
Las drogas naturales y sintéticas, el amor libre y el descontento contra el gobierno de los Estados Unidos por mantener la ocupación militar en Vietnam, se conjugaron en principios de unidad y igualdad de la rudimentaria comuna de freaks congregados alrededor del escenario. "No war, no war"
El viernes 15 de agosto, a las 17.08 horas, el cantante y guitarrista de color, Richie Havens inició el festival, seguido por Country Joe McDonald, John Sebastian, Sweetwater, Incredible String Band, Bert Sommer, Tim Hardin, Ravi Shankar Melanie, Arlo Guthrie y Joan Baez. Una muestra sonora y lírica de la música comprometida a las causas sociales del momento desde los Derechos Civiles hasta el encarcelamiento injusto de activistas politizados. Sin faltar, la ironía por las muertes de soldados jóvenes en Nam y la bendición de Swami Satchidanand.
A este tiempo, quedaba claro en el ámbito nacional la dimensión titánica del concierto y empezaba a preocupar a los adultos responsables el cauce de tanto chavales juntos sin regulación alguna. El tráfico estaba congestionado en las inmediaciones, incomodando a los residentes de muchos lugares. La información aumentaba el arribo de participantes.
El sábado 16, el programa comenzó a las 12.15 horas con Quill, Keef Hartley Band, Santana, Canned Heat, Mountain, Janis Joplin, Sly & The Family Stone, Grateful Dead, Creedence Clearwater Revival y The Who.
Cada una de las bandas dio todo y, en algunos casos, estas presentaciones son consideradas extraordinarias y auténticos hitos en la evolución del género. Baste decir casos como Santana, Mountain o The Who, interpretando completa la opera rock Tommy y los encores correspondientes, y a Pete Townshend bajando a guitarrazo limpio a Abbie Hoffman, líder de las panteras blancas dispuesto a soltar el verbo radical de moda.
Mas no era la alegría completa. Pronto las provisiones y los servicios higiénicos escasearon y el incremento de malos viajes y sobredosis movieron a decretar el estado de emergencia y la ayuda vía área principió a fluir en los mismos helicópteros usados para rociar de Napalm al vietcong.
El domingo 17 fue el turno, a las 8.00 horas, de Jefferson Airplane, quien cerró propiamente la noche maratónica y regaló un recital grande aun en comparación de los números sobresalientes anteriores.
A las 14.00 horas, Joe Cocker abrió el cartel y una fuerte lluvia suspendió por unas horas la presentación de los artistas sin afectar a la multitud adaptada a los inconvenientes desatados por su propia voracidad. Obscenos, sucios y jóvenes, la audiencia medio cubierta con plásticos y restos de casas de campaña aguantaron el agua al grito de “No Rain, No Rain”.
A las seis de la tarde, Country Joe regresa al foro acompañado por su grupo The Fish, luego subirían Ten Years After, The Band, Blood, Sweat & Tears, Johnny Winter, Crosby, Stills, Nash y Young, Paul Butterfield Blues Band, Sha-na-na.
El segmento tuvo dos opuestos, la energía eléctrica de Alvin Lee, de Ten, y la elevación acústica de CSN&Y, creando, a través de las convulsiones epilépticas de Joe Cocker, un cuadro del destino inmediato de la música popular juvenil. Es inexplicable la presencia de Sha-na-na, un grupito de tercera categoría fusilándose los grandes números del rock and roll primitivo.
El lunes 18, a las nueve de la mañana, Hendrix recetó una dosis de 18 canciones al respetable, adaptando el Himno Nacional de los Estados Unidos a la distorsión del rock ácido, poniendo la bandera de trascendencia fuera del alcance de los mortales.
Si la llegada a Woodstock fue complicada, el regreso no desmereció. Hordas recorrieron el país en dirección de sus lugares de origen. La cobertura informativa, exagerando situaciones, tuvo a bien conformarse con un saldo blanco, a pesar del escepticismo institucional y las críticas retrógradas de la derecha favorable a Richard Nixon.
El concierto en su totalidad fue filmado para un documental dirigido por Michael Wadleigh, ganador del premio Oscar en 1971, en una versión larga para los estándares de la época y corta para la cantidad de metraje conseguido. Esto movió al realizador, en la era del DVD,para componer una nueva versión de “director”, y en los días del Blu-Ray Disc, a un par de cajas conmemorativas indispensables para los aficionados.
Los organizadores y responsables directos del festival fueron John Roberts, Joel Rosenman, Artie Kornfeld y Michael Lang, no mayores de 26 años.
El mítico logo de Woodstock fue ideado y creado por el artista Arnold Skolniek.
Perdidos en la nostalgia y el arribismo comercial se han producido otros Woodstock en los años 79, 89, 94 y 99 con ganancias y consecuencias ajenas a las de 1969.
Woodstock reunió a dos de los monstruos sagrados del rock universal en plenitud de facultades: Jimi Hendrix y Janis Joplin; empujó a las grandes ligas del negocio a Carlos Santana; consolidó la carrera de Joe Cocker; dispuso de los servicios de bandas inigualables como los Jefferson y los Dead; reconoció el peso de The Band; destacó la presencia de The Who; y dio pauta a los mega conciertos comunes en la actualidad.
En esos tres días destaparon las mareas del renacimiento político, económico, social e ideológico de la década prodigiosa y sin saberlo los asistentes atestiguaron el fin de una edad dorada. Pudieron ser por unas horas libres en comunión con la naturaleza, el cosmos, los semejantes escuchando y viendo nacer los nuevos mitos.
Meses después en otro concierto, Altmont, The Rolling Stones reventarían la utopía del amor y la paz.
lunes, 3 de agosto de 2009
PINCHE Y PINCHE DISCOS: EL IMPROBABLE ADIÓS DE MACAS
Por: EL DODO DJ
La prensa mundial ha dado de alaridos al saberse el probable retiro de los escenarios internacionales de James Paul McCartney al concluir una próxima gira de despedida para 2010, cuando el más exitoso de The Beatles vivos tenga cerca de setenta años.
El aviso le pone mucha publicidad gratuita al Tour Mundial y le irá agregando mayores expectativas en su avance. Los grandes promotores del espectáculo empiezan la puja por fechas y condiciones, misteriosamente coincidente con el relanzamiento en el próximo septiembre de TODA la discografía oficial del cuarteto de Liverpool, puesta al día en cuanto a fidelidad y calidad de las grabaciones y los agregados indispensables a gusto de los fanáticos.
Honestamente, conociendo cómo se las gasta Macas para eso del billete y considerando la pérdida de una parte relevante de su fortuna en un divorcio de risa loca, el zurdo divino debe asegurar su vejez; la real, y no la de los reflectores. Por eso anda metido en un sin fin de proyectos a modo de recuperar el derecho de sus canciones Beatle, en manos legales del fallecido Michael Jackson, y exprimir la nostalgia a la última gota. No en balde, después de las muertes de John Lennon y George Harrison, McCartney es el gran patrono de la iglesia sesentera.
Experto en el show bizz, Paul ha implementado una estrategia mercadológica a prueba de errores y por lo más alto, aun de Mick Jagger y compañía. El concepto de este viaje mágico y misterioso es aparecerse en donde menos sea posible un concierto de rock, amén de documentarlo en las formas comerciales concebibles. En papel, el plan avienta millones de dólares hasta por el aliento de la superestrella, sin contar agregados de último momento.
No sería extraño, la aparición de nuevas joyas de memorabilia en cada destino, sumando dígitos a la ganancia bruta del adiós.
Respetando los argumentos de la edad, los riesgos del viaje y el cansancio acumulado de darle a los instrumentos y la cantada, el viejo escarabajo y lobo de mar aventó la bomba y el termómetro, para ver por dónde masca la iguana y si el público es receptivo al “me les voy”.
Competitivo hasta el fin, dudo en un McCartney colgando los guantes a lo Rocky Balboa y viviendo del recuerdo. Al igual que la banda de rock más longeva del mundo,The Rolling Stones, el exBeatle políticamente correcto no tardará en aprobar sus memorias oficiales, el guión cinematográfico bioepic y las ofertas recopilatorias de su oscilante trayectoria.
En esta idea soy claro. Macas fue el bajista de los Beatles y, para su vergüenza, el Macas solitario, marrullero y gandalla de Wings hasta el presente. Lo digo por el peculiar programa de sus presentaciones: los básicos de rock and roll, el repertorio beat y los luces altas de 1971 a la fecha. Sin embargo, un ochenta por ciento versará en los años dorados y el resto a las tontas canciones amor de regular manufactura.
A un servidor, la despedida de Paul McCartney suena a una vieja canción de José Alfredo Jiménez (te vas y te vas y no te has ido) y no a propuesta seria de dar una vuelta olímpica al planeta y retirarse como los grandes. Dejémoslo al tiempo.
Y recuerden, niños y niñas, en la personalidad de Macas pesa la lana y no los ideales. Así ocurrió en 1970 y así pasará en 2010, si el público lo pide, en regalías claro está, él seguirá trayéndonos el “Ayer” por “El Largo Sinuoso Camino”.
La prensa mundial ha dado de alaridos al saberse el probable retiro de los escenarios internacionales de James Paul McCartney al concluir una próxima gira de despedida para 2010, cuando el más exitoso de The Beatles vivos tenga cerca de setenta años.
El aviso le pone mucha publicidad gratuita al Tour Mundial y le irá agregando mayores expectativas en su avance. Los grandes promotores del espectáculo empiezan la puja por fechas y condiciones, misteriosamente coincidente con el relanzamiento en el próximo septiembre de TODA la discografía oficial del cuarteto de Liverpool, puesta al día en cuanto a fidelidad y calidad de las grabaciones y los agregados indispensables a gusto de los fanáticos.
Honestamente, conociendo cómo se las gasta Macas para eso del billete y considerando la pérdida de una parte relevante de su fortuna en un divorcio de risa loca, el zurdo divino debe asegurar su vejez; la real, y no la de los reflectores. Por eso anda metido en un sin fin de proyectos a modo de recuperar el derecho de sus canciones Beatle, en manos legales del fallecido Michael Jackson, y exprimir la nostalgia a la última gota. No en balde, después de las muertes de John Lennon y George Harrison, McCartney es el gran patrono de la iglesia sesentera.
Experto en el show bizz, Paul ha implementado una estrategia mercadológica a prueba de errores y por lo más alto, aun de Mick Jagger y compañía. El concepto de este viaje mágico y misterioso es aparecerse en donde menos sea posible un concierto de rock, amén de documentarlo en las formas comerciales concebibles. En papel, el plan avienta millones de dólares hasta por el aliento de la superestrella, sin contar agregados de último momento.
No sería extraño, la aparición de nuevas joyas de memorabilia en cada destino, sumando dígitos a la ganancia bruta del adiós.
Respetando los argumentos de la edad, los riesgos del viaje y el cansancio acumulado de darle a los instrumentos y la cantada, el viejo escarabajo y lobo de mar aventó la bomba y el termómetro, para ver por dónde masca la iguana y si el público es receptivo al “me les voy”.
Competitivo hasta el fin, dudo en un McCartney colgando los guantes a lo Rocky Balboa y viviendo del recuerdo. Al igual que la banda de rock más longeva del mundo,The Rolling Stones, el exBeatle políticamente correcto no tardará en aprobar sus memorias oficiales, el guión cinematográfico bioepic y las ofertas recopilatorias de su oscilante trayectoria.
En esta idea soy claro. Macas fue el bajista de los Beatles y, para su vergüenza, el Macas solitario, marrullero y gandalla de Wings hasta el presente. Lo digo por el peculiar programa de sus presentaciones: los básicos de rock and roll, el repertorio beat y los luces altas de 1971 a la fecha. Sin embargo, un ochenta por ciento versará en los años dorados y el resto a las tontas canciones amor de regular manufactura.
A un servidor, la despedida de Paul McCartney suena a una vieja canción de José Alfredo Jiménez (te vas y te vas y no te has ido) y no a propuesta seria de dar una vuelta olímpica al planeta y retirarse como los grandes. Dejémoslo al tiempo.
Y recuerden, niños y niñas, en la personalidad de Macas pesa la lana y no los ideales. Así ocurrió en 1970 y así pasará en 2010, si el público lo pide, en regalías claro está, él seguirá trayéndonos el “Ayer” por “El Largo Sinuoso Camino”.
sábado, 1 de agosto de 2009
PINCHE Y PINCHE DISCOS: LADIES & GENTLEMEN THE POPE
Por: EL DODO DJ
¿Todos están dentro?
Repito ¿Todos están dentro?
El concierto va a comenzar.
Señores y Señoras, desde El Vaticano para el Mundo, Urbi et Orbi, “EL PAPA BENEDICTO XVI”.
Detrás de la sincronía de luces y los efectos de los músicos, un bombazo de niebla cubre el escenario. Las cámaras de video captan diferentes ángulos para la edición del DVD Conmemorativo y para la señal ampliada de las pantallas gigantes. La consola de audio se ha preparado para grabar en directo el concierto. En la zona de prensa los flashazos fotográficos no paran. Es el concierto de la década. Es el regreso al estruendo de Led Zeppelín o The Who. A cuarenta años de Woodstock y Altmont, la música en los estadios eleva el octanaje conocido. El representante de Dios en la tierra, según la Iglesia Católica, cambia el altar de San Pedro o la ventana de la Mansión Pontificia para llevar la palabra sagrada a un punto de impacto decisivo. No más rituales arrulladores o actividades manuales de beatas; en el mundo globalizado, los líderes espirituales deben de exponer el físico y ponerse al tú por tú con su satánica majestad Mick Jagger, el anticristo superestrella Marilyn Manson o la Jezabel Madonna. Además del dinero, está la salvación de las almas, la redención del mundo y la transformación del legado de Cristo. El Papa sale a cantar, sabiéndose que es superior al el Jefe Springsteen o Bobby Dylan. No caminará en el Wild Side propuesto por Lou Reed; él es el lado soleado de la calle, el Cordero del Pop, y levanta la mano y las gargantas se desgañitan, estamos en el Cielo.
Pero, esta historia comienza con el contrato firmado por Benedicto XVI con la discográfica Geffen UK/ Universal para grabar un disco, dirigido a éxito navideño, integrado con composiciones clásicas, sermones y cánticos en latín, italiano, francés, portugués y alemán, previamente difundidos por la radio de El Vaticano.
El material original está inspirado en cantos populares marianos y letanías lauretanas, y música compuesta en exclusiva para el heredero de Pedro.
La voz del Sumo Pontífice se une a la de la Coral de la Academia Filarmónica de Roma, dirigida por Monseñor Pablo Colino, maestro emérito de la Capilla de la Basílica de San Pedro, donde se graban las pistas base.
Los pasajes orquestales, interpretados por la Orquesta Filarmónica de Londres, están en manos de los míticos estudios Abbey Road, de la capital británica, donde The Beatles labraron el rumbo sonoro de una generación.
Las ganancias, aseveran los informados, se destinarán a ofrecer educación musical a los niños pobres del mundo.
Aunque en 1999, Juan Pablo Segundo haya elaborado el álbum Abbá Pater, para el sello Sony International, el proyecto de Benedicto es más ambicioso y tiene puesto la mira en los top ten mundiales y la cobertura mediática de ateos y creyentes ante el nacimiento de una estrella, de un fenómeno, de un icono capaz de trascender edades, idiomas, creencias en la línea dura de Elvis Presley o Frank Sinatra.
El plus del producto es el aval divino de la bendición. Hasta donde recordamos es el único “bendita duración” garantizado para contactar con el Creador y probablemente freno de la oscuridad blasfema y pecadora de nuestro planeta.
Pronto, en su ciudad, The Pope World Tour 2009, y no deje de comprar el compact original, pues condena el alma si cae en la tentación de los piratas. Long Live God y nos vemos en la sección VIP.
¿Todos están dentro?
Repito ¿Todos están dentro?
El concierto va a comenzar.
Señores y Señoras, desde El Vaticano para el Mundo, Urbi et Orbi, “EL PAPA BENEDICTO XVI”.
Detrás de la sincronía de luces y los efectos de los músicos, un bombazo de niebla cubre el escenario. Las cámaras de video captan diferentes ángulos para la edición del DVD Conmemorativo y para la señal ampliada de las pantallas gigantes. La consola de audio se ha preparado para grabar en directo el concierto. En la zona de prensa los flashazos fotográficos no paran. Es el concierto de la década. Es el regreso al estruendo de Led Zeppelín o The Who. A cuarenta años de Woodstock y Altmont, la música en los estadios eleva el octanaje conocido. El representante de Dios en la tierra, según la Iglesia Católica, cambia el altar de San Pedro o la ventana de la Mansión Pontificia para llevar la palabra sagrada a un punto de impacto decisivo. No más rituales arrulladores o actividades manuales de beatas; en el mundo globalizado, los líderes espirituales deben de exponer el físico y ponerse al tú por tú con su satánica majestad Mick Jagger, el anticristo superestrella Marilyn Manson o la Jezabel Madonna. Además del dinero, está la salvación de las almas, la redención del mundo y la transformación del legado de Cristo. El Papa sale a cantar, sabiéndose que es superior al el Jefe Springsteen o Bobby Dylan. No caminará en el Wild Side propuesto por Lou Reed; él es el lado soleado de la calle, el Cordero del Pop, y levanta la mano y las gargantas se desgañitan, estamos en el Cielo.
Pero, esta historia comienza con el contrato firmado por Benedicto XVI con la discográfica Geffen UK/ Universal para grabar un disco, dirigido a éxito navideño, integrado con composiciones clásicas, sermones y cánticos en latín, italiano, francés, portugués y alemán, previamente difundidos por la radio de El Vaticano.
El material original está inspirado en cantos populares marianos y letanías lauretanas, y música compuesta en exclusiva para el heredero de Pedro.
La voz del Sumo Pontífice se une a la de la Coral de la Academia Filarmónica de Roma, dirigida por Monseñor Pablo Colino, maestro emérito de la Capilla de la Basílica de San Pedro, donde se graban las pistas base.
Los pasajes orquestales, interpretados por la Orquesta Filarmónica de Londres, están en manos de los míticos estudios Abbey Road, de la capital británica, donde The Beatles labraron el rumbo sonoro de una generación.
Las ganancias, aseveran los informados, se destinarán a ofrecer educación musical a los niños pobres del mundo.
Aunque en 1999, Juan Pablo Segundo haya elaborado el álbum Abbá Pater, para el sello Sony International, el proyecto de Benedicto es más ambicioso y tiene puesto la mira en los top ten mundiales y la cobertura mediática de ateos y creyentes ante el nacimiento de una estrella, de un fenómeno, de un icono capaz de trascender edades, idiomas, creencias en la línea dura de Elvis Presley o Frank Sinatra.
El plus del producto es el aval divino de la bendición. Hasta donde recordamos es el único “bendita duración” garantizado para contactar con el Creador y probablemente freno de la oscuridad blasfema y pecadora de nuestro planeta.
Pronto, en su ciudad, The Pope World Tour 2009, y no deje de comprar el compact original, pues condena el alma si cae en la tentación de los piratas. Long Live God y nos vemos en la sección VIP.
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