lunes, 15 de febrero de 2010

MARASSA: LLORONA

POR.- RAÚL GÓMEZ MIGUEL

¿Quién en sus cabales viajaría a esta hora? Pensó la mujer al descender a la estación desierta del metro.

Ojerosa, despeinada y mal vestida, la “Rumba” cargaba a un bebé de meses y esperaba la llegada del tren.

La sedante música ambiental y la constancia de la soledad dominical le hicieron soltar la lágrima.

Estaba sola.

Embarazada a los quince, por un chambelán de su prima, a los diecisiete, por un vecino acomedido, a los diecinueve, por un trailero viudo, y a los veintiuno un músico de cabaret, la “Rumba” se entregaba al amor y éste no le correspondía.

Cuatro veces trató de iniciar una vida en pareja y las cuatro veces fracasó.

Cuatro hijos de distintos padres y una madre triste.

En el “Oliver” creyó encontrar al hombre definitivo: guapo, cumplidor y alegre. Nada menos que el trompetista principal de la Sonora Estruendo, atracción única del Salón Magenta, un mercado de carne blanca disfrazado de pista de baile.

La “Rumba” se asomó al túnel. Ni para cuando viniera el metro.

El “Oliver” supo llegarle al alma. Un acostón fue suficiente. La “Rumba” volvió a enamorarse.

Escasa de pretensiones materiales, la mujer vivía al día vendiendo chácharas y haciendo favores a las vecinas del multifamiliar, donde la caridad de unos parientes le regalaba un techo.

Las crías crecían a la buena de dios. Pero la “Rumba” deseaba un amor, un compañero que fuera de toda la vida.

El “Oliver” se cambió donde la “Rumba”. Orgulloso nunca quiso que la “Rumba” lo mantuviera y de a poquitos contribuía a la casa.

La rutina era simple. El “Oliver” llegaba del trabajo a las cinco o seis de la mañana, dormía hasta las cuatro o cinco de la tarde, se levantaba y comía para salirse a las ocho de la noche al cabaret.

La “Rumba” se esmeraba. El “Oliver” se dejaba querer.

En cuestión pasional, la “Rumba” no aceptó que el “Oliver” se cuidara. Que ¿te acuestas con alguien más?. A mí me gusta sentirte, le reclamó la mujer la primera vez que el músico se puso un condón.

El bebé empezó a moverse. La “Rumba” le meció suavemente.

Desde los primeros meses de embarazo el “Oliver” se fue alejando de la “Rumba”. No regresaba a la casa. Salía más temprano a trabajar. Los días de descanso palomeaba en otro grupo o se iba a visitar a sus conocidos. Pasaba el menor tiempo posible con la “Rumba”.

La mujer se consolaba convenciéndose que era natural la conducta del “Oliver”, era primerizo.

El niño nació sin complicaciones y el “Oliver” no la recogió de la clínica.

La “Rumba” miró el reloj de la estación. El metro tardaba. Ojalá y los vecinos no me busquen, maquinó.

A regañadientes, el “Oliver” registró a la criatura y unas conocidas de la “Rumba” se cooperaron para el bautizo.

Una semana después el padre abandonó el hogar.

La “Rumba” movió mar y tierra. Acosó, fustigó, golpeó y nada. El “Oliver” le leyó las tres y la mandó al demonio. Nunca había querido un hijo y mucho menos cargar con tres que ni de su familia eran.

La “Rumba” entró en una depresión meca, fea. Descuidó hijos, perdió peso y esa madrugada tomó una decisión.

A oscuras tapó todas las rendijas de los cuartos, apagó los pilotos de la estufa y abrió las llaves gas. Bendijo a los niños y salió con el bebé.

Un vientecito frío le anunció el arribo del tren.

El monstruo naranja emergía de la oscuridad del túnel.

La Rumba caminó a la orilla del andén.

Volvería a empezar, se dijo, y arrojó al niño a las vías.

1 comentario:

CRONICAS Insitu dijo...

Me dejaste helado... me gustó mucho