Dice una expresión fuerte de nuestro pueblo: “Lo que se dice con palabras, con los güevos hay que sostenerlo”. El proyecto de reforma a la Ley de Transparencia y Acceso a la Información que pretende imponer un límite a la divulgación de datos “oficiales” del Instituto Federal de Transparencia y Acceso a la Información Pública (IFAI), mediante la aprobación de una serie de instancias, incluida, faltaba más, el secretario de Gobernación, Fernando Gómez Mont es un termómetro de la fiebre y la paranoia de un gobierno federal achicado, ajeno a la Historia y sometido a sus propios demonios.
La verdadera DEMOCRACIA, no esta farsa de nueve años, exige el respeto a las garantías individuales expuestas en la Constitución Política del país, siendo el DERECHO A LA INFORMACIÓN una prerrogativa ciudadana, y no una dádiva del poder establecido como por aquí se acostumbra.
Indigna que el IFAI, sin ser efectivamente una institución respetable, gracias a los “asegunes” que dicta el régimen con respecto a lo que se abre y lo que no, por lo menos pretende darle un aire de “modernidad” al esquema tradicional del silencio absoluto impuesto desde “arriba”, ahora sea sujeto legal de una mordaza impulsada por los propios grillos que le dieron vida. Como si la verdad fuera asunto de contentillo.
Inspirados en el doble discurso de la peor ralea, la justificación de la burocracia es otra palabra flexible y acomodaticia: CONFIDENCIAL, y de ahí a teorizar sobre Seguridad Nacional y un largo etcétera que en el contexto caótico en el que está metido la casta gobernante sólo desemboca en la impresión de que a la mitad del sexenio, el miedo al reclamo de resultados se ha extendido hasta la médula de las estructuras de mando.
De continuar la confección de la mordaza, conoceremos (si existen algún connacional que la ignore) la verdadera faz de la derecha mexicana.
En un año pleno de significado nacional, la imposición del silencio no fue, es, ni será el mejor de los caminos para mantener la paz augusta con la que sueñan los Poderes de la Unión.
Pueden desmontar la Ley y al IFAI mismo, sin embargo, la ciudadanía encontrará maneras de informarse, igual que en los dos últimos siglos. Los mexicanos estamos entrenados a buscar la verdad debajo de las piedras, si nos interesa. Así que, comparando los regímenes que llevamos de vida “independiente”, no es nuevo el afán dictatorial de amordazar la opinión de la gente común.
EL ÚLTIMO DE LOS DODOS afirmó en diciembre pasado que 2010 iba a ser un año de cambios, no del gusto de la grilla, y no se equivocó. Parece que se está abriendo la caja de las calamidades para que la sociedad civil defina posturas y se encabrite por la desfachatez de los representantes “electos” por el pueblo.
Más valdría, al titular y al gabinete resolver urgencias reales que vender escándalos fuera del control de cualquier dependencia.
Siempre un secreto guardado por tantas voces, acaba por ser una verdad conocida.
LOS DODOS nos unimos y exhortamos a TODOS los involucrados en la información y la comunicación sociales a cerrar filas con la ciudadanía para no permitir la injerencia de la autoridad en nuestra libertad a ser informados e informar.
La información, por terrible que sea, es la única garantía que tenemos contra el abuso de poder, no la dejemos secuestrada en las manos sucias de los funcionarios públicos.
viernes, 8 de enero de 2010
jueves, 7 de enero de 2010
EL COCOTAZO:
Cuauhtémoc Cárdenas vuelve a los reflectores por la única peculiaridad que, los analistas insisten en calificar como virtud, el chaquetazo ideológico. Sin importar convicciones, partidos o vergüenzas, esta entidad siniestra del olimpo grillo mexicano retoma el viejo camino del simulador y aparece donde sea para seguir pegado al poder. La grilla soy yo, expresa, y la borregada bala. No sólo es falta de principios, sino vil cinismo que aplauden los vendidos.
MARASSA: ESPERANZA
ESPERANZA
Por.- RAÚL GÓMEZ MIGUEL
“A la niña nos la regalaron cuando cumplió el primer año de edad. Un día, así nomás, una vecina vino a decirle a mi mamá que una mujer del Centro andaba regalando a su bebé. Mi madre, como buena cristiana y buena hermana, pensó en mi tía Esther, que no podía tener hijos y que vivía a tres pueblos del municipio. Y ahí vamos, medio arregladas y bien apresuradas.
Yo estaba casada y tenía tres hijos. Mi marido no trabajaba y vivíamos de la caridad de mis padres o de algunos “negocitos” que le salían a Juventino. Sin embargo, trataba de que la familia fuera jalando.
Preguntando aquí y allá fuimos a parar en un hotelucho de mala pinta. Me dio miedo. Dos mujeres solas. El encargado nos dio un número y subimos por una escalera apestosa. Una muchachita nos abrió la puerta. Era flaca y medio feíta.
Despacito nos explicó que aunque quería, en el trabajo estaba mal visto andar cargando escuincles y atendiendo clientes. ¿Clientes?. Hasta esa palabra nos cayó el veinte de que la chamaca era una puta.
Al darse cuenta de nuestras caras de mensas, nos jaló a un rincón de la habitación. En una canastita dormía la bebé. Estaba bien chiquita. N’ombre, mi madre y yo sentimos un nudo en la panza. Luego, luego, mi mamá captó lo triste de la situación y la desgracia que amenazaba a esa criatura si alguien no la recogía.
Creo que la chamaca nos garabateó un papel en que aceptaba regalarnos por su voluntad a su hija.
No hubo lágrimas. La envolvió en una cobija y nos la dio. Se llama Esperanza, acabó.
Como mi papá se había ido a la cosecha del jitomate a California, mi madre arreglaba los asuntos urgentes de la casa y salía mucho. Por eso, mientras la tía Esther era avisada y decidía quedarse con la niña, yo me ofrecí a cuidarla.
Mis hijos, grandecitos y peleoneros, apenas y pelaron a la bebita. Juventino, después de mentar madres y amenazarme con golpes, acepto tenerla en nuestro cuarto, siempre y que mis papás contribuyeran a la alimentación. ¡Pinche cínico!
Me costó reacostumbrarme a los cuidados de una cría. La niña no daba lata, o dormía o veía detenidamente las cosas. Sólo lloraba para pedir de comer. Poco a poco engordó y sus rasgos se fueron definiendo. No era una belleza pero tuvo lo suyo. A su manera llamaba la atención.
Dos semanas después la tía Esther llegó a visitar a la niña y le gustó, pero al enterarse de su origen, no la quiso. Mi madre no le habló durante años.
Quedarme con la niña me costó una golpiza tremenda de Juventino. No me importó.
Había algo en la beba que me conmovía hasta la médula. Supongo que me veía reflejada de alguna manera. Al casarme perdí los buenos recuerdos de mi niñez. El jodido Juventino sacó las garras y me hizo sangrar mi suerte. Mis padres sabían que me daba mala vida y no se metían. Ellos me habían advertido y no les hice caso. Era mi mala decisión.
Al mes la niña enfermó de gravedad. En la clínica le hicieron varios estudios. Una tarde, el doctor habló conmigo. La beba tenía SIDA.
En mi ignorancia le contesté que cómo se curaba. Es fatal, me respondió.
La noticia nos aplastó a mi mamá y a mí. Al saberla, Juventino armó la grande y casi avienta a la niña por la ventana. Yo no sé de dónde saqué fuerzas y que me le voy a los golpes. Juran mis hijos que Juventino apenas y paraba las patadas, mordidas y rasguños que le ponía. No lo dejé. El muy cabrón empezó a gritar. Los policías que me detuvieron declararon que me resistí a la detención y que por poco el Juventino no la cuenta.
Mi madre pagó la multa. Juventino, cobarde y resentido, se largó de la ciudad y no he vuelto a saber de él. No me pesa. Conseguí un empleo que, junto a la ayuda de mis papás, nos sostiene a los cinco.
A pesar de las recaídas, Esperanza cumplirá nueve años el próximo mes. Es raro. No resiste los medicamentos y cada vez que los usa se pone mal. El doctor que diagnosticó el SIDA calculó pocas posibilidades de vida. Ahora imagínese lo que sería sin medicinas.
Yo pienso que esta niña vive de amor. El amor de la entrega total. El amor del hoy por hoy sin contemplaciones. No me lo explico de otra manera. Hemos luchado y no nos rendimos. Sabemos que se va a ir en cualquier momento. Por ello, nos esforzamos para disfrutarle y agradecerle a Dios la oportunidad de poderle regalar lo mejor de nosotros: el sentimiento inmenso de los fugitivos del paraíso”.
Por.- RAÚL GÓMEZ MIGUEL
“A la niña nos la regalaron cuando cumplió el primer año de edad. Un día, así nomás, una vecina vino a decirle a mi mamá que una mujer del Centro andaba regalando a su bebé. Mi madre, como buena cristiana y buena hermana, pensó en mi tía Esther, que no podía tener hijos y que vivía a tres pueblos del municipio. Y ahí vamos, medio arregladas y bien apresuradas.
Yo estaba casada y tenía tres hijos. Mi marido no trabajaba y vivíamos de la caridad de mis padres o de algunos “negocitos” que le salían a Juventino. Sin embargo, trataba de que la familia fuera jalando.
Preguntando aquí y allá fuimos a parar en un hotelucho de mala pinta. Me dio miedo. Dos mujeres solas. El encargado nos dio un número y subimos por una escalera apestosa. Una muchachita nos abrió la puerta. Era flaca y medio feíta.
Despacito nos explicó que aunque quería, en el trabajo estaba mal visto andar cargando escuincles y atendiendo clientes. ¿Clientes?. Hasta esa palabra nos cayó el veinte de que la chamaca era una puta.
Al darse cuenta de nuestras caras de mensas, nos jaló a un rincón de la habitación. En una canastita dormía la bebé. Estaba bien chiquita. N’ombre, mi madre y yo sentimos un nudo en la panza. Luego, luego, mi mamá captó lo triste de la situación y la desgracia que amenazaba a esa criatura si alguien no la recogía.
Creo que la chamaca nos garabateó un papel en que aceptaba regalarnos por su voluntad a su hija.
No hubo lágrimas. La envolvió en una cobija y nos la dio. Se llama Esperanza, acabó.
Como mi papá se había ido a la cosecha del jitomate a California, mi madre arreglaba los asuntos urgentes de la casa y salía mucho. Por eso, mientras la tía Esther era avisada y decidía quedarse con la niña, yo me ofrecí a cuidarla.
Mis hijos, grandecitos y peleoneros, apenas y pelaron a la bebita. Juventino, después de mentar madres y amenazarme con golpes, acepto tenerla en nuestro cuarto, siempre y que mis papás contribuyeran a la alimentación. ¡Pinche cínico!
Me costó reacostumbrarme a los cuidados de una cría. La niña no daba lata, o dormía o veía detenidamente las cosas. Sólo lloraba para pedir de comer. Poco a poco engordó y sus rasgos se fueron definiendo. No era una belleza pero tuvo lo suyo. A su manera llamaba la atención.
Dos semanas después la tía Esther llegó a visitar a la niña y le gustó, pero al enterarse de su origen, no la quiso. Mi madre no le habló durante años.
Quedarme con la niña me costó una golpiza tremenda de Juventino. No me importó.
Había algo en la beba que me conmovía hasta la médula. Supongo que me veía reflejada de alguna manera. Al casarme perdí los buenos recuerdos de mi niñez. El jodido Juventino sacó las garras y me hizo sangrar mi suerte. Mis padres sabían que me daba mala vida y no se metían. Ellos me habían advertido y no les hice caso. Era mi mala decisión.
Al mes la niña enfermó de gravedad. En la clínica le hicieron varios estudios. Una tarde, el doctor habló conmigo. La beba tenía SIDA.
En mi ignorancia le contesté que cómo se curaba. Es fatal, me respondió.
La noticia nos aplastó a mi mamá y a mí. Al saberla, Juventino armó la grande y casi avienta a la niña por la ventana. Yo no sé de dónde saqué fuerzas y que me le voy a los golpes. Juran mis hijos que Juventino apenas y paraba las patadas, mordidas y rasguños que le ponía. No lo dejé. El muy cabrón empezó a gritar. Los policías que me detuvieron declararon que me resistí a la detención y que por poco el Juventino no la cuenta.
Mi madre pagó la multa. Juventino, cobarde y resentido, se largó de la ciudad y no he vuelto a saber de él. No me pesa. Conseguí un empleo que, junto a la ayuda de mis papás, nos sostiene a los cinco.
A pesar de las recaídas, Esperanza cumplirá nueve años el próximo mes. Es raro. No resiste los medicamentos y cada vez que los usa se pone mal. El doctor que diagnosticó el SIDA calculó pocas posibilidades de vida. Ahora imagínese lo que sería sin medicinas.
Yo pienso que esta niña vive de amor. El amor de la entrega total. El amor del hoy por hoy sin contemplaciones. No me lo explico de otra manera. Hemos luchado y no nos rendimos. Sabemos que se va a ir en cualquier momento. Por ello, nos esforzamos para disfrutarle y agradecerle a Dios la oportunidad de poderle regalar lo mejor de nosotros: el sentimiento inmenso de los fugitivos del paraíso”.
miércoles, 6 de enero de 2010
EL COCOTAZO: LA VERDAD
Para avanzar por el mismo camino, el Estado y los ciudadanos necesitan tenerse confianza a partir del conocimiento mutuo de la verdad. El gobierno mexicano está haciendo lo imposible para facilitarle a la gente el acceso a los datos duros y, por ende, está perdiendo la oportunidad irrepetible de ganarse un genuino respaldo popular. La mentira obstruye indiscutiblemente cualquier posibilidad real de progreso.
MARASSA: MI AMIGO EL PUMA
Por.- RAÚL GÓMEZ MIGUEL
La muerte muy anunciada de Roberto Sánchez, mejor conocido como Sandro de América, mi amigo “El puma” o “El gitano”, nos mete una patada a las generaciones que lo conocimos en salva sea la parte. Es un golpe seco al ayer y a las imágenes sepias de la niñez y la juventud ida.
Sandro, como un verdadero grande, no era un cantante, sino un intérprete que literalmente hacía suyas las canciones con un timbre de voz varonil y unos movimientos cachondones que hacían suspirar al público femenino hasta el delirio. Mezcla de caradura, vividor y amante indomable, el personaje conquistó la psique de millones (y he aquí lo asombroso) de hombres y mujeres por igual. Los primeros porque veían reflejados los sueños perdonavidas del macho continental, y las segundas porque les gustaba dejarse querer. De ese nivel ¿era?, no, es Sandro.
Mi madre, que cumplía años el cinco de enero, y mi suegra son un rango representativo de las admiradores originales del que añoraba los labios de rubí, de rojo carmesí. Marcia, su hermano Enrique y yo fuimos unos de esos chavalitos que asombrados veíamos, a través del programa de televisión “Siempre en Domingo”, conducido por el nefasto también fallecido Raúl Velasco, las exageraciones extravagantes del señor espectáculo con atuendos directamente roqueros, al inicio de la fama, unos movimientos pélvicos que harían sonrojar hasta al mismísimo Elvis, y después amarrado al clásico atuendo de entretenedor maduro, pero sin perder el halo de seducción dominante tan en boga en esos días de claridad sexual.
En los ochentas, con más pena que gloria surgió un ente de nombre José Luis Rodríguez “El Puma” que haciendo leña del arbolote de Sandro, trato de simbolizar el erotismo masculino de esos años, nada más para terminar vociferando cantos extravagantes que invitaban a agarrarse de las manos y en escándalos familiares de lo peorcito. En fechas revientes, el “pumita” grabó un disco homenaje, tributo y vénganos la lana, donde solito demostró la diferencia de conceptos.
Sandro es irrepetible y pertenece a esa élite de famosos amados por la gente, simplemente por proyectar los anhelos de una edad. En un tiempo en que el rock era visto en América Latina como una muestra del imperialismo yanqui y la balada como un ejemplo patético de las pasiones chabacanas de la masa, Roberto Sánchez (el nombre verdadero y que obvio no garantizaba venta alguna) supo concretar la rebeldía de los tiempos y el avance de las manitas sudadas hacia el colchón, sin rubores o medias tintas.
Como cualquier miembro de mi generación latinoamericana, gracias a mi señora madre y a las limitaciones ideológicas de los medios de entretenimiento, fui iniciado en los misterios de Sandro entre la escoba, los trapos de limpiar y el lavadero, mientras la radio programaba canciones que hoy soy capaz de repetir mejor que algunas oraciones que intentó inculcarme.
Por esto, la muerte de Sandro es la noticia de la partida de mi amigo “El Puma”, el garañón de barrio capaz de acostarse con la mismísima huesuda mientras le asesta la sonrisa del que lo ha vivido todo y ha salido avante para contarlo.
La muerte muy anunciada de Roberto Sánchez, mejor conocido como Sandro de América, mi amigo “El puma” o “El gitano”, nos mete una patada a las generaciones que lo conocimos en salva sea la parte. Es un golpe seco al ayer y a las imágenes sepias de la niñez y la juventud ida.
Sandro, como un verdadero grande, no era un cantante, sino un intérprete que literalmente hacía suyas las canciones con un timbre de voz varonil y unos movimientos cachondones que hacían suspirar al público femenino hasta el delirio. Mezcla de caradura, vividor y amante indomable, el personaje conquistó la psique de millones (y he aquí lo asombroso) de hombres y mujeres por igual. Los primeros porque veían reflejados los sueños perdonavidas del macho continental, y las segundas porque les gustaba dejarse querer. De ese nivel ¿era?, no, es Sandro.
Mi madre, que cumplía años el cinco de enero, y mi suegra son un rango representativo de las admiradores originales del que añoraba los labios de rubí, de rojo carmesí. Marcia, su hermano Enrique y yo fuimos unos de esos chavalitos que asombrados veíamos, a través del programa de televisión “Siempre en Domingo”, conducido por el nefasto también fallecido Raúl Velasco, las exageraciones extravagantes del señor espectáculo con atuendos directamente roqueros, al inicio de la fama, unos movimientos pélvicos que harían sonrojar hasta al mismísimo Elvis, y después amarrado al clásico atuendo de entretenedor maduro, pero sin perder el halo de seducción dominante tan en boga en esos días de claridad sexual.
En los ochentas, con más pena que gloria surgió un ente de nombre José Luis Rodríguez “El Puma” que haciendo leña del arbolote de Sandro, trato de simbolizar el erotismo masculino de esos años, nada más para terminar vociferando cantos extravagantes que invitaban a agarrarse de las manos y en escándalos familiares de lo peorcito. En fechas revientes, el “pumita” grabó un disco homenaje, tributo y vénganos la lana, donde solito demostró la diferencia de conceptos.
Sandro es irrepetible y pertenece a esa élite de famosos amados por la gente, simplemente por proyectar los anhelos de una edad. En un tiempo en que el rock era visto en América Latina como una muestra del imperialismo yanqui y la balada como un ejemplo patético de las pasiones chabacanas de la masa, Roberto Sánchez (el nombre verdadero y que obvio no garantizaba venta alguna) supo concretar la rebeldía de los tiempos y el avance de las manitas sudadas hacia el colchón, sin rubores o medias tintas.
Como cualquier miembro de mi generación latinoamericana, gracias a mi señora madre y a las limitaciones ideológicas de los medios de entretenimiento, fui iniciado en los misterios de Sandro entre la escoba, los trapos de limpiar y el lavadero, mientras la radio programaba canciones que hoy soy capaz de repetir mejor que algunas oraciones que intentó inculcarme.
Por esto, la muerte de Sandro es la noticia de la partida de mi amigo “El Puma”, el garañón de barrio capaz de acostarse con la mismísima huesuda mientras le asesta la sonrisa del que lo ha vivido todo y ha salido avante para contarlo.
martes, 5 de enero de 2010
EL COCOTAZO: ARRIBA COMO ABAJO
La ciencia económica busca el equilibrio. Por ende, no se trata de grandes proezas aseverar que las cifras Macroeconómicas de México están, en lo que cabe, saludables, si en el bolsillo del ciudadano la crisis desgarra hasta el último remiendo.
VIDEOS: MI AMIGO EL PUMA, SANDRO DE AMÉRICA
El cantante argentino, Sandro de América, quien fue sometido a un trasplante de corazón y pulmones el 20 de noviembre de 2009, falleció a los 64 años debido a un cuadro de shock séptico que se complicó con una coagulopatía.
Para las generaciones de hombres, mujeres y infantes que crecieron escuchando sus canciones, allá a finales de la década de los sesenta del siglo pasado, Sandro fue un genuino sex symbol masculino que interpretaba composiciones con fuertes dosis eróticas para la época, que se adueñaron de la memoria colectiva de Iberamérica que llora su perdida.
Para las generaciones de hombres, mujeres y infantes que crecieron escuchando sus canciones, allá a finales de la década de los sesenta del siglo pasado, Sandro fue un genuino sex symbol masculino que interpretaba composiciones con fuertes dosis eróticas para la época, que se adueñaron de la memoria colectiva de Iberamérica que llora su perdida.
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